16. El intelectual /
artista
Salir con el tipo de hombre intelectual / artista es como
hacer un intercambio cultural. Por lo general, sexy, buen mozo, con la guita
justa para el placer pero corta para el exceso, desalineado y profundo, una se
sorprende cambiando el boliche por salidas taciturnas a ver cine francés, yendo
a recitales de música para escuchar y meditar y nunca para bailar, asistiendo a
charlas y debates de artistas o filósofos extranjeros cuyos nombres no conocés,
pero por ser del exterior, suenan más importantes.
El intelectual no te invita a cenar, no sé si por seco o por
querer extender la conversación, pero te invita a desayunar, seguramente
después de una trasnoche de evento de inauguración de alguna expo de arte,
donde chuparon y comieron gratis, hablaron hasta el cansancio, fumaron lo que
había y cogieron lindo pero medido, porque con él, no pasa sólo por el cuerpo,
y el amor se hace también a través del pensamiento, el análisis y la reflexión.
La comida no es importante para los intelectuales y artistas, por lo que suelen
ser flacos y desgarbados, y disfrutar con la misma apatía una baguette de ayer
que un plato de autor. Invierten su tiempo y dinero en arte, música,
libros, y experiencias, y suelen
andar por la vida sin pagar sus impuestos ni tener una obra social, sin que eso
les produzca el menor estrés.
Volvés a leer el diario todos los días, no ves mas tele y
empezás a negar a lo Poncio Pilato programas que antes te encantaban y
personajes de la farándula cuya vida antes seguías con entusiasmo de detective,
porque nunca asumirías que has comprometido tu intelecto con semejante basura
mediática. Te hace sentir inteligente que te elija como su compañía, aunque
cada vez te das más cuenta de lo todo lo que todavía no sabés. Google se
convierte en tu mejor amigo, cuando te hacés un listado de todos los términos y
nombres que tenés que googlear,
porque no tenés idea de lo que se trata, aunque asentás con la cabeza mientras
están charlando con mirada de experta.
17. El meloso
Aunque los melosos no pululan, que los hay, los hay, y una
vez que conoces a uno, salvo que seas del tipo de las que les gusta el encanto
de romanticismo extremo, la cursilería y el rococó sentimental, saldrás
corriendo de tanta empachosa dulzura, jurando no volverte a enganchar con otro
empalagoso similar. Si bien las mujeres disfrutamos de la caballerosidad y el
cariño de un hombre, cuando la manifestación es teatral y verbalmente ya un
exceso, esto resulta por lo menos, molesto, sobre todo cuando se descuelgan en
tiempo, espacio e intensidad. El
meloso es ante todo un ser que se debe al público, y no le basta con decirte,
agradecerte o mostrarte las cosas a vos, sino que disfruta y/o necesita que
todo el mundo se entere de su amor desbordante para con vos, aunque mueras de
vergüenza, poniéndote un pasacalles, declarándote su amor con un megáfono a la
salida de la facultad o imprima 10 mil volantes con sus nombres en un corazón y
los reparta por todo tu barrio.
No hay nada peor que un meloso salga con tu mejor amiga, y
de repente veas como tu fuerte e
interesantísima par es apodada “cuchi
cuchi”, “corazoncito”, “algodoncito de azúcar” o algún otro sobrenombre
digno del vocabulario de una maestra jardinera mal asesorada, cada tres
palabras, mientras se chapan como si lo necesitasen para respirar. El meloso no va de la mano, va pegado
al cuerpo de tu amiga, cachete con cachete, y en esa misma posición, pasea por
el Shopping, cruza la calle, maneja y hace la cola del banco. Tiene el uso del diminutivo
como muletilla, y no sabés si lo que te molesta más es eso, o que la harte a
mensajes de whatsapp aunque estén en el mismo lugar.
Tu amiga se embaraza y él te manda fotos de la panza de tu
amiga con él de fondo. Descubrís que nunca podés estar con ella a solas porque
viene meloso adosado como en promoción. La halaga una y mil veces en público gritando
a los cuatro vientos, ante la mirada biónica de las mujeres a sus maridos que
les reprochan su falta de mimo, y ante la mirada de poco amigos de los maridos
al nabo del meloso por dejarlos pagando. Sabe de memoria canciones románticas,
y lo que es peor, las canta al frente de cualquiera y a todo pulmón cuando las
escucha, por lo que te imaginás que en privado le cantará sus versiones hasta
con coros y pasitos de coreografía. El meloso sigue las novelas con más pasión
que ella, con el mismo empeño con que se mantiene actualizado y opina de los
chismes y novedades de tu grupo de amigas, otra razón más por la cual te cae
más que pesado.
18. El analfabeto
emocional
Quien empieza una relación con un analfabeto emocional, cree
ilusoriamente en la fantasía que, poco a poco, irá educando con paciencia a
este idiota del corazón. Pero es prudente hacerles saber, que a los analfabetos
emocionales se los quiere o no se los quiere, pero nunca podrán reeducarse
porque vienen fallados de fábrica y sin arreglo posible. La psiquis del analfabeto emocional, caótica y sin la
capacidad de reconocer sentimientos ni de verbalizarlos, es más complicada que
la de una mujer el día que le viene. Son complejos en sus emociones, difíciles
en sus relaciones y parcos en sus manifestaciones. Una tiene que ir sorteando
la vida con la dificultad extra de tratar de comprender que le pasa al otro, a
pesar de que no se comunica, adivinando cual es la mejor estrategia para
abordar lo que creemos que le pasa e idear las tácticas maestras para que se
sienta mejor, pero no pocas veces, lo único que nos sale es mandarlo a la
mierda.
El analfabeto emocional suele ser muy sensible y fiel en sus
decisiones y emociones, pero de cáscara lleva la más cascarrabias y densa de
las personalidades, los que lo hace caer mal en la primera, segunda y tal vez
la tercera vez, pero a medida que uno lo va conociendo y puede trascender
semejante mal marketing, puede convertirse en tu persona favorita. Quienes
elijan este tipo de hombre, deben tener ante todo mucha paciencia, una
enraizada estabilidad emocional y
una formada autoestima, porque no podrán confiar su seguridad en él. Sus modos
de amar son casi indescifrables, aunque no por eso menos verdaderos.
Especialmente, le gusta darse desde la entrega y el sacrificio. Trabaja
incansable y silenciosamente por
su familia, por ejemplo, y cuando reciben algún reclamo, por más pequeño que
sea, lo recibe como si una les dijera que son el peor marido de la tierra.
Cuando te enfermás, su manera de cuidarte es retándote. Cuando quiere decir que
te quieren, te pelea amablemente y el único lenguaje sentimental que manejan es
el del abrazo silencioso, en el que es experto. Se niega rotundamente a llorar,
por eso, si alguna vez la emoción se le va del cuerpo, el llanto le saldrá para
cualquier lado y con cualquier sonido, además de que llorará largo, por todo lo
que no lloró cuando debió hacerlo.
Es un perfecto charlatán hasta que tiene dialogar, en el
profundo sentido de la palabra. Para hacerlo, necesita de un espacio y un ritmo
ideal casi imposible de encontrar en el día a día. Como no entiende lo que le
pasa, sube la voz con frecuencia, y hace de cualquier intercambio de ideas, una
discusión. Ve siempre lo negativo antes de lo positivo, y suele obsesionarse
siempre con el “árbol”, impidiéndole apreciar el bosque. No sabe regular sus
humores y las cuestiones más simples de la vida cotidiana le arruinan el día,
como el tráfico, la lluvia inoportuna o el agobiante calor.
19. El gordo feliz
El gordo feliz sabe disfrutar de la vida y se encargará de
que así lo hagas vos también. Al gordo le gusta comer, chupar, coger, viajar y
comprar en exceso y en cualquier orden. Sin ningún complejo de ningún tipo,
está convencido que su paso por esta tierra debe ser una fiesta, y así lo vive
cada día, sin preocuparse en absoluto por su peso, su salud o por cuanto habrá
que pagar después. Siempre está de buen humor, y es colaborador, generoso y
comedido para casi todo, salvo para acompañarte a caminar o hacer algún deporte
y para hacer dieta o ayudarte a
hacerla.
Le fascina organizar programas y festines, y son los mejores
anfitriones que existen. Les gusta tanto comer como cocinar, y nunca le faltan
amigos que lo acompañen en su disfrute, no sólo por sus dotes culinarias, sino
también por esa energía contagiosa que lo caracteriza, que atrae a todos los
que viven en el mismo estado de alegría. Como la historia del dedito que compró
el huevito, y que otro lo cocinó, otro lo peló, otro le puso sal y el dedito
más grande se lo comió, el gordo cumple todas las funciones de la cadena, y con
frecuencia es que organiza los asados, compra la carne, la paga, lo hace, lo
come y ordena todo, habiendo pocas cosas que lo hagan tan feliz, entre lo muy
feliz que ya es. El gordo siempre compra para que sobre, no vaya a quedarse
sin, y no entiende la teoría del ahorro ni el de descuento, y mucho menos su
práctica, porque vive verdaderamente cada día como el último, por lo que cree
que pensar en el mañana es descuidar el hoy.
20. El hijo de puta
Muchas mujeres se enamoran de un hijo de puta. Algunas, las
menos, se sorprenden a mitad de camino con la personalidad vil del galán, pero
la mayoría, o no lo quiere ver, lo sospecha desde el principio o lo sabe de
memoria, pero siempre con la ilusión inocente de convertir semejante diablo en
una carmelita descalza, lo que es estadísticamente imposible.
Lo más intolerable de un hijo de puta es su descaro, porque
si algo hace estratégicamente bien, es elegirse mujeres que le crean y/o
perdonen su accionar ciegamente, cosa de evitarse el tener que ponerse en la
molestia de tener que inventar explicaciones, justificar ausencias y rogar por
perdones. Así, va por la vida como el más feliz de los hombres, haciendo lo que
quiere con quien quiere, casi con el permiso explícito de la boba de su novia,
que pasa a ser cómplice y víctima de sus fechorías.
El hijo de puta es un ser íntegramente hijo de puta: no
podés ser leal en los negocios pero cagar a la mina con que dormís hace veinte
años; el hijo de puta es al menos coherente, y será un villano en todos los
ámbitos. Es un infiel serial por defecto, y después de que la mujer, a pesar de
que ustedes sus amigas le fueron con la triste verdad, le perdonó una, dos y
tres cañitas al aire, ya ni se preocupa en ocultarlo. Miente en lo que gana
para tener siempre sus fondos propios que le permitan hacerse de sus viajecitos
de relax con los amigos, y dejar a la jermu quince días sin empleada y con tres
chicos, argumentando un viaje de negocios. Su palabra se acomoda a quien lo
está escuchando y no tiene convicciones propias, salvo la del propio goce y
comodidad. Viven con tal sensación de impunidad que asusta pensar con quien transó para lograr tremenda sensación
de protección.
A la hora de hacer plata, no importa que cabeza haya que
cortar o a quien haya que traicionar, siempre que eso le permita alcanzar su
objetivo. No tienen vergüenza de ser sospechosos de corrupción o acusados de
estafa, saludando con la misma altanería y soberbia que les es cotidiana. Sus
hijos primero lo necesitan, después lo añoran y luego lo superan; cuando ya ni
lo registran, suele volver buscando algún sentido a la vida que malgastó, y
ellos lo usarán hasta que nos les sirve más y lo abandonarán sin el menor de
los remordimientos, recibiendo de ellos, el trato más justo de acuerdo a la
justicia divina por sus actitudes de mierda.

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