21. El novio que
quiere mamá
Es casi una ley natural: el estereotipo de novio que le
gusta a las madres para una nunca es de nuestro agrado. Cuando tenemos quince y
los atributos que se valoran en un hombre son el alto de su jopo, la destreza
en los pasos de baile o el estilo que tiene en el skate, la madre de una te
guiña el ojo como señalándote el camino cuando se cruzan con menganito por la
calle, el hijo de su amiga en plena tragedia puber, a quien primero se le ve su
nariz y después el resto de su cuerpo, por estar en plena etapa de crecimiento,
por lo que también anda lleno de granos, y encima tampoco lo ayudan ni sus
jeans con cintura a la altura del estómago ni su remera de los Power Rangers
que le regaló su tía en el último cumpleaños. Cuando nos atraen los peludos y
tatuados, nos quieren presentar cualquier sopenco de camisa y gomina. Cuando
buscamos alguien con quien pasarla bien, nuestras madres quieren que nos
enganchemos con un abogado. Cuando queremos pasión de novela y una historia de
amor con todo el chimichurri, nuestras progenitoras desean que encontremos un
chico común. Cuando encontramos el amor en el exterior, rezan para que
encontremos un pretendiente local. Cuando nos encachilamos con el vecino,
desearían que estuviéramos con alguien de más horizontes. Cuando andamos con un
pendejo, rezan para que conozcamos a un hombre asentado, y cuando le caemos con
un viejo divorciado pero con estabilidad, al menos económica, prefieren de
nuevo alguien de nuestra misma edad.
Quizás por querernos tanto y sobrevalorar aquello que sea
digno de merecernos según sus cánones, prácticamente no habrá de entrada ningún
candidato a la altura de nuestro pedigrí, el que en definitiva es el de ella pero
en versión actualizada. Ellas aman los chicos políticamente correctos, y son
perfectas posibles víctimas para dejarse engañar por las apariencias, no
acostumbradas a tanta diversidad de modas y modos de ser. Por lo general, para
ellas hay pocas maneras de ser decente, por lo tanto, lo que escapa a sus
exigencias estéticas, académicas, laborales, profesionales, sociales y
relacionales, es considerado de mínima un exceso y de máxima una aberración
intolerable.
22. El rata
Posee una gran virtud el hombre que puede posponerse en sus
necesidades y ser ahorrativo, pero aquí no vamos a hablar de estos hombres
responsables y previsores, que pueden trabajar y atesorar recursos
responsablemente en pos de una causa futura, sin medir sacrificios, sino simplemente
del tipo “rata coluda”, aquel que lejos de no tener plata, la tiene y a
mansalva pero no la gasta por una obsesión de oler, contar y guardar billetes,
como quien colecciona las figuritas difíciles de un álbum. Al rata hay que
distinguirlo también del seco, que simplemente no tiene capital. El problema
del rata no es lo que le falta, si no lo que tiene por demás y no suelta,
perdiendo algunas veces su dignidad, con tal de no usar alguno de sus
billetitos, por el mero gusto de conservarlos. Lo peor, es que el rata lejos
está de ser humilde, sino que quiere mostrar lo que tiene y más pero sin gastar
un sope.
Acabás de conocerlo, y el rata, que te pasa a buscar
en su divino auto importado cuya marca no retenés porque a vos te da igual, te lleva
a comer por primera vez al mejor resto de la ciudad. Vos, encantada, aunque te
pareció raro el camino que eligió porque tardaron el doble para evitar el
peaje, hasta que te pela en la mesa un cupón de Groupon con el que piensa
costear la velada. Cuando leen el menú no hace más que comentar lo caro que
están los platos y cuando llega el momento de decidir que pedir, te insinúa que
compartan, que tiene ya poco hambre porque se llenó con el pan y la salsita de
berenjenas que les trajeron de entrada. Lo peor llega a la hora de pagar,
cuando divide la cuenta a la mitad y te hace pagar tu parte. Cuando están
volviendo, no prende la calefacción a pesar de los -10 grados centígrados que
hacen, argumentando que el auto consume el doble de nafta, y que ya se
calentará el ambiente con el motor.
Dándole una segunda chance, le ofrecés ir al cine a ver una peli estilo soft porn, te
dice que vayan en tres días después para poder usar el 2x1 de entradas con su
tarjeta de crédito, que sólo es válido los lunes. Cuando te invita al
cumpleaños de su mamá, para que conozcas a ella y toda su familia, te hace
pagar la mitad del regalo que él le compró. Olvidate de que te llame por
teléfono, sólo se comunica por Whastapp o Skype, y cuando para en tu casa, te pide prestado el fijo
para hacer algunas llamaditas. En su casa, prende el ventilador y el aire sólo
cuando están por descomponerse de asfixia, y anda apagando las luces de su casa
mientras una tímidamente le dice que no apague sin fijarse la luz del baño, que
estás vos meando.
23. El hombre cabeza
de pelota
Ya sea de fútbol o de rugby, a diferencia de lo expuesto por
Galileo Galilei, para estos hombres la tierra tiene forma de pelota y todo el
universo gira en torno a ella. Ya sea que ejerzan su pasión de un modo activo,
jugando ellos mismos, o de un modo pasivo, desde la hinchada fiel, tendrán con
su equipo o su club un vínculo indestructible, al punto que podrán cambiar de
novia, de religión, de nombre y de sexo, pero nunca de camiseta.
Más de índole amateur, los rugbiers tienden a moverse siempre
en grupo, y se concentran a donde quiera que estén como si en cualquier momento
empezara un partido, porque siempre están como listos para formar un scrum,
sobre todo cuando alguno de ellos pueda estar en problemas, para pegarle a lo
que se cruza antes aun de que se arme un conflicto. Les encanta juntarse en
kioskos, sobre todo después de los partidos para mostrar sus esculpidos cuerpos
transpirados a las chicas que van a verlos, a las que se hacen las distraídas y
pasan de casualidad, y a las que en serio agarran desprevenidas, pero no por
eso menos agradecidas. Suelen perder mujeres que valoran por tal apego al equipo y son víctimas de ridículas apuestas y
prendas por bautismos y ritos extraños que tiene el grupo. Suelen extender
estas actitudes un tanto parasitarias al grupo más allá de la mayoría de edad,
lo que no sorprende que alguno de ellos ni trabaje ni estudie, porque en la
vida sólo le basta con pertenecer al club, y así se encuentra con 30 años y sin
saber mucho que hacer de su vida, pero como son una corporación e
infaliblemente fieles entre ellos, siempre habrá algún compañero que le de una
mano.
Los futbolistas, quienes son mayoría en nuestro país, pueden
practicar su pasión en modo pasivos o activo. Los últimos son aquellos que se
dedican al fútbol profesionalmente, o al menos eso pretenden. Tienden a ser más
flacos, individualistas y competitivos que los rugbiers, pero acostumbrados a
tanto entrenamiento, sacrificio y disponibilidad de botineras como ellos. Por
lo general, a quien le gusta el rugby, es porque lo ha jugado alguna vez, pero
en el fútbol, es muy probable que la mayoría no haya tocado una pelota en su
historia, y esos son los futbolistas pasivos, quienes juran una fidelidad a los
colores de su equipo que no podrá
superar cualquier otro compromiso que asuman en su vida.
Muchos menos
glamorosos y anónimos en la masa, los hinchas siguen a su equipo a donde quiera
que vayan cuando sea, pierden sus tardes cortando papelitos para alentar a su
equipo, sacrifican su fin de semana para viajar en un bondi sobrecargado de la
Quiaca a Ushuaia, para alentar a los muchachos, donan parte de su sueldo para
mejorar la infraestructura del club, participan de las reuniones de socios con
la conciencia lúcida de quien está forjando historia y organizan reuniones de
creación colectiva para actualizar el repertorio de cantos. Hacen negocios o se
echan atrás de acuerdo a los colores de la camiseta de sus potenciales socios o
clientes. Bautizan a sus hijos con nombres de jugadores o proezas deportivas y
cuando llega el temido día en que sus hijas le cuentan que están de novias, por
lo primero que preguntan es por el equipo del pretendiente. A sus hijos varones, tratarán de
transferirle con tanta insistencia esta pasión, que no pocas veces los
resultados les saldrán al revés: así es como varios de ellos tendrán hijos
fanáticos del equipo contrario, que odien el fútbol o que en vez de jugar al
rugby quieran practicar ballet clásico.
24. El inmaduro
El hombre inmaduro es mejor bautizado como un pendejo. Más
allá de su edad oficial, el pendejo es un tipo que te gusta, que promete pero
que después no tiene la voluntad para cumplir, que te sorprende con su
inconstancia, su falta de coherencia entre lo que dice, hace y dice que hace, y
el que prioriza mal los planos de su vida, arrepintiéndose después. Tiene miedo
a crecer, a comprometerse y a tomar cualquier decisión que pueda tener
consecuencias a mediano y largo plazo. No tuvo relaciones importantes con
anterioridad, o porque no le interesó o porque lo mandaron a la mierda antes de
darle la oportunidad.
Al comienzo, te renueva vivir en la espontaneidad y
naturalidad que el pendejo propone, haciéndote sentir más joven, más libre y
más moderna. Se ven cuando quieren sin la obligación de tener que hacerlo, van a
todos lados por separado y se encuentran sólo si pinta, propiciando una
adrenalina como la que tenías a los quince cuando empezabas a incursionarte en
la noche y el amor. Aunque propicia las relaciones independientes por un lado,
por el otro comienza a tejer con una un vínculo de madre y niño, pidiendo
consejos, permisos y cuidados como si fuera un adolescente, desapareciendo sin
dejar rastro después por tres días, cuando parte de despedida de soltero con
los chicos u olvidándose de llamarte un fin de semana para ver que programa
pueden armar porque el grupete ocupo la agenda completa. Cuando salen a algún
lado, prefiere no presentarte con sus conocidos, y cuando lo hace te enterás
que sos, a secas, una amiga.
Tiene hobbies a los que dedica una energía exagerada, como
los videojuegos, las motos, la pesca o la colección completa en muñecos
articulados de superhéroes y villanos norteamericanos, y con esa excusa,
desaparece horas y días sin importar si una sigue viva o fue raptada por un
convoy alienígena. Cuando se junta
con sus amigos, se ríe horas de chistes idiotas, sabe diálogos enteros de
capítulos de series memoria y sus chats más frecuentes de Whatsapp son con su
madres, su psicólogo, y grupos de hombres tan al pedo como él, donde en más de
quinientos mensajes diarios las 24 hs del día, organizan asados cualquier día
de la semana, se mandan videos de porno bizarro y hablan por cinco días sobre
las pelotudeces que hicieron el fin de semana hasta que miércoles y jueves, ya
se ponen a programar el siguiente.
25. El tirador serial
El tirador serial, a los comienzos del vínculo, nos
sorprende con su perorata de piropos y nuestro ego es revitalizado y mimado con
cada frase que sale de su boca. Su forma de conquistar nos hace sentir la mujer
más linda, simpática e inteligente del mundo. La técnica del tirador serial se
aplica desde el comienzo. Rara vez empieza a tirarle a alguien que ya conoce.
Desde que es presentado o se presenta ante una mujer que le atrae, el tirador comenzará
su relación en modo conquista, aunque nunca pase nada y se perpetúe en esa
manera durante décadas, o no te tirará nunca en su vida.
El tirador serial es como un perro que ladra y no muerde.
Tira, tira y tira pero después no hace nada a pesar de que vos lo desafíes,
nunca sabrás si por cagón, o porque le dejaste de interesar o porque de repente
tiene una relación a la que a pesar de que no parezca, quiere serle fiel. Después
de histeriquearte toda una vida, o de chamuyarte toda una noche, un día te
saluda como si nada hubiera pasado, y no entendés si se está haciendo el boludo
como parte de su estrategia, si lo soñaste o si sos vos la que te inventaste
toda la historia y te hiciste la cabeza.
El tirador serial siempre tiene fuego aunque no fume,
siempre está dispuesto a ayudar a la mujer desprotegida y nunca escatimará una sonrisa
al público femenino. Estar en pareja con un tirador serial y su verborragia
demagógica puede ser insoportable. Hace
gala de caballero con todas y te provoca una gran desilusión darte cuenta que
los cumplidos que vos escuchás no son exclusivos y los desparrama en otras
orejas, aunque lo tengas todos los días durmiendo aburridamente en tu cama. Siempre es más chistoso, más alegre, más guapo y atento afuera que adentro, lo que después de una fiesta cuando vuelve a su estado bucólico cotidiano te dan ganas de tirarlo por el balcón o hacer la gran "Lorena Bobbit".

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