lunes, 4 de mayo de 2015

Acto reflejo … la obsesión de mirarnos (I)


Historias de chicas que no quieren ser común, de la A a la Z saltando por todo el universo del ser mujer. 

A (primera entrega)

Espejito espejito
Desde pequeñas y por generaciones, el cuento de Blancanieves, la hermosa y despreocupada niña de piel de porcelana, pelo negro como el ébano y labios carmín, ha marcado nuestra cosmovisión del ser y el deber femenino. El convertirnos en la doncella que despertaba por el beso del irresistible príncipe azul era una fantasía más que recurrente en nuestra infancia y un poco más allá, aún cuando comenzaba a molestarnos el estúpido estoicismo con que el padre de Blancanieves aguantaba los berrinches y jugarretas de su nueva esposa. Todos conocemos como siguió la historia: harta de tan perfecta e hiriente apariencia, la madrastra manda a matar a la doncella. Ésta logra conmover con su pureza al verdugo y se pierde en el bosque, donde permanece a salvo conviviendo con los 7 enanitos. Su vida se limita a entonar su voz en unísono con las aves del bosque mientras hace algunos quehaceres hogareños, hasta que el espejo alcahuete advierte a su ama que la joven sigue viva y con intacto encanto. Tras varios intentos frustrados, la envidiosa mujer da muerte a la fresca criatura convidándole una manzana envenenada, que ella le entrega vestida de anciana. Finalmente, irrumpe en la escena el príncipe, que la encuentra en una caja de cristal. Con un beso apasionado, la devuelve a la vida, le jura amor eterno y propone casamiento. Así, comieron perdices y vivieron felices por el resto de la eternidad, mientras la adulta señora hierve en envidia por los siglos de los siglos.
Todas nos sentimos Blancanieves en algún momento. ¿Acaso no queríamos imitar su frágil y espontánea belleza y vestir su legendario traje azul? ¿Y qué decir de la divertida y envidiada compañía de los simpáticos 7 enanitos? A esa edad, sin trabas ni prejuicios en nuestra autoestima, era tan natural para nuestra imaginación ponernos en la piel de la blanca y virgen doncella que derrochaba luz y beldad sin esfuerzo. Mientras, la antagonista, la esposa del rey, aquella coquetísima pero madura mujer que sumergía su piel en eternos baños de leche y frutas frescas para detener el inevitable paso del tiempo, representaba la frivolidad, la maldad, y todo aquello que nunca querríamos ser.
Hoy, este relato toma otra significación a la luz de nuestra nueva realidad. De a poco, como género femenino, comenzamos a revalorizar y reivindicar el compromiso de la reina con la belleza y la juventud. Imagínense por un instante una mañana en el castillo: la reina baja al comedor para desayunar té verde con pepinos hervidos, después de haber salido a correr, de haberse embardunado en crema humectante corporal, en gel anticelulítico, en loción revitalizadora para rostro, en concentrado de relleno para las patas de gallo y de haberse maquillado para esconder las manchas de sol,  todo previo a una exfolación desincrutante para los puntos negros (porque encima, en algunas de nosotras la maldición del acné suele inoportunamente colindar con la condena tardía de las arrugas). Y eso que todavía  no se puso en las largas tareas de administración del castillo. Al llegar, se topa con la hija de su marido junto a 3 amiguitas que parecen haber sido sacadas del catálogo de Victoria Secret, embuchando sin culpa facturas con dulce de leche y luciendo micro pijamas talla XS que dejan ver pieles de la frescura de un melón. En el reino recién está saliendo el sol y a la reina todavía le queda lidiar con la rutina de ejercicios para levantar cola y endurecer el abdomen, con el teñido de sus canas, con la depilación de la extraña barbilla que comenzó a salirle esporádicamente en el bozo, con la sesión 1257 de masajes de drenaje linfático (tratamiento que renueva casi automáticamente hace 7 años con la falsa esperanza de que compra un pack de 8 sesiones mas y alcanza el resultado esperado), entre otras obligaciones, mientras que las imbéciles de las adolescentes, comandadas por su hijastra, boludean por los jardines del castillo, jugando con los siervos y hablándole a los pájaros, mientras que naturalmente se les fortalece el cabello y se les hidrata la piel. Encima, llega al cuarto y el espejo botón le acusa que Blancanieves sigue siendo la mujer más linda del reino. ¿Acaso no tenía la reina un poco de razón en querer hacerla desaparecer del cosmos?

De a poco, comenzamos a solidarizarnos con la amenaza que ella sufrió antaño culpa de la mocosa color pechuga de pollo. Si nos ponemos a pensar, cualquiera de nosotras ya experimenta lo que sintió aquella madrastra.¡No me digas que nunca te pasó!. Se casa tu mejor amiga. Cien días antes, modificás tus hábitos alimentarios y tus compras de supermercado se resumen a verduras verdes; las visitas que abren tu heladera piensan que te convertiste al budismo zen. Cuando las mismas visitas te invitan a sus casas, les vacías la heladera, por supuesto. Te sacás un pase libre al solarium. Empezás pilates; al tiempo lo dejás porque seguís perdiendo tus tardes recorriendo todo el centro en búsqueda de tu vestido, en el único momento que te queda libre, de 13.30 a 15.30 hs, y te das cuenta que con los 50° C de calor que hacen, a pesar de que no conseguís que ponerte, chivas como si hicieras 4 horas de boxeo. En una de esas vueltas, en un acto de iluminación, ves el vestido de tus sueños. Te lo probás y está hecho para vos, hasta que te dicen el precio y pensás que si hubiera sido hecho para vos, saldría 5 veces menos. Seguís buscando vestidos porque no estás dispuesta a pagar la torta de billetes que sale. No encontrás ninguno ni que se le asemeje. A menos de un mes, te decidís y embargás tu sueldo pero te llevás el vestido perfecto, el único que te gustó en los 920 km que llevás recorridos. Total, “va a ir “él” y eso lo vale”, te decís para desterrar la culpa por el monto abonado. Cinco días antes limitás tu alimentación.a jugos, hortalizas y una ración de 72 fasos diarios. Después de todo el esfuerzo, te das cuenta que sólo bajaste 500 gramos. Al menos el vestido te entra, y eso es suficiente.
El día del evento, vas a la peluquería a las 6 de la mañana, para que te tiñan las canas, te corten y te peinen, porque con todo el tiempo que te llevaron los preparativos hace tres meses que no pisás lo del peluquero, quien te saluda antipáticamente ofendido por el abandono. Volvés a tu casa en contrarreloj pero peinada para la alfombra roja. Te pones el vestido, los zapatos y te mirás al espejo. Sonreís. Te gustás. Llegás a la Iglesia, te bajás del auto y ya no aguantás más los zapatos; aunque están divinos  y son parecidos a los que Sarah Jessica Parker utilizó en uno de los capítulos de Sex and the City, reconocés que deberían haber sido  incluidos en la Convención de Ginebra contra la tortura y otros tratos crueles. La novia, tu amiga, divina y feliz. Vos te sentís igual. Se casó tu amiga y lo vas a ver él, que te llamó la semana anterior para decirte que él también iba a ir solo. Termina la ceremonia y vas hacia el salón. Llegás y te reciben con una copa de champagne. Lo que necesitabas. Te tomás una. Subís los 500 gramos que habías adelgazado, pero todavía te sentís fantástica. Hasta que lo ves: Julián, en la entrada principal, guapísimo,  hablando con la primita de tu amiga, esa que iba al cole y que recordás de cachetes, flequillo y moño teatral, ahora una yegua que no alcanza los 18 pero llega tranquila a los 1.85 luciendo unas cómodas chatitas. Entre ese metro y medio de piernas esculpidas a mano, podés divisar un vestido de lentejuelas del tamaño de una rejilla que te imaginás debe haber sido una pupera de la madre. Salió de su casa con el pelo mojado para que le quede estilo savage, que no te explicás como le queda bien, look que acentúa cada 30 segundos zarandeándose el peinado con la mano izquierda, mientras que con la derecha fuma en pose relajada. Le pasas por el lado y Julián, ese amigo del novio que tu amiga te quería presentar hacía dos años y a vos te parecía un ñoño, hasta que en el último cumpleaños de tu amiga hablaron de viajes y de películas y te contó que lo habían ascendido como gerente regional de la multinacional en donde trabaja, que se había convertido en una obsesión para vos el último año, te envía un vago saludo con la mano mientras los dos ríen a carcajadas. La pendeja te acaba de arruinar la noche y el resto de tu existencia, porque hace varias centenas de noches que ya habías empezado a fantasear con pasearte con el exitoso empresario. 
¿Cómo no entender la violencia a la que mujeres como una les brota por culpa de chiquitas recién caídas del catre? Pues… ¿qué comen las pubercitas de la nueva generación? ¿Con qué nutrientes radioactivos han sido amamantadas? ¿Acaso la celulitis ha sido genéticamente superada en estos nuevos ejemplares femeninos? Y encima les falta la decencia, o al menos, algún padre o madre castrador que les prohíban salir vestidas con la consigna de quien muestra más, eso por el bien de la humanidad y por el de nuestra psicología. En estas circunstancias, es necesario entonces reivindicar a la madrastra de esa chirusa sinvergüenza de Blancanieves, y reconocer el trabajo, el sacrificio y la abnegación de esta madura mujer, que en pos de defender su dignidad femenina y humana, luchó contra la irreversibilidad del tiempo y la insolencia de estas nuevas púberes. ¡Viva la reina y todas las reinas que con o sin la complicidad del espejo buscan sentirse y estar mejor!: Saldemos entre todas esta deuda histórica con la “madrastra” y cada vez que nos crucemos con alguna de ellas por la vida, sobre todo si es mayor a nosotras, rindámosle sus honores y nos hagamos a un costado para que su fuerza no deje de brillar por la amenaza de nuestra un poco más tierna estrella. Si así lo hacemos, lo mismo harán con nosotras generaciones posteriores cuando lo precisemos.


1 comentario:

  1. Me encantó, Florcita!!! Sobre todo porque hace rato ya que empecé a identificarme con la Madrastra... Ja ja ja ja! Beso enorme!

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