lunes, 11 de mayo de 2015

Acto reflejo … la obsesión de mirarnos (II)



La conspiración del espejo del shopping

Según Wikipedia, una teoría conspirativa consiste en la explicación de un evento o cadena de eventos ya sucedidos o todavía por suceder (comúnmente políticos, sociales, populares o históricos) a partir de la ocultación de sus verdaderas causas al conocimiento público o a un complot secreto, a menudo engañoso, por parte de un grupo de personas u organizaciones poderosas e influyentes que permanecen en la sombra.
Aún las más omnipotentes personalidades políticas de nuestra historia o los más imbatibles imperios han caído de cabeza por distintas conspiraciones: basta nombrar el dudoso asesinato de Napoleón y el de John F. Kennedy; asimismo, se han denunciado distintas situaciones que se mantendrían escondidas al resto de la sociedad, como la vergüenza del oro nazi y el ocultamiento del extraterrestre de Roosevelt y otras que se montarían de manera artificial, como por ejemplo muchos dicen, la falsa llegada a la luna, y, el más recientemente ataque a las torres gemelas, que muchos teóricos y otros arriesgados ya han denunciado como un complot. Otras conspiraciones se suceden silenciosa y sistemáticamente movilizando, con su sutil pero precisa maquinaria, voluntades y actitudes en masa hacia sus mezquinos objetivos. Nuestras decisiones son manipuladas y, sin saberlo, nos encontramos asistiendo desde afuera al show de nuestra propia vida que otros digitan.

Dicho esto, procedo a denunciar formalmente una de las conspiraciones más burdas y totalitarias de nuestra posmodernidad: la complicidad entre el espejo del shopping y el negociante, en desmedro del comprador. La imputación no se limita a las grandes marcas, famosas por contar con sofisticados espejos con photoshop incluido; hasta el local más despojado,  aún haciendo uso de la simple técnica milenaria de inclinar el espejo levemente hacia atrás, engañará la autoestima de la mujer, se verá fantástica en un atuendo mediocre y el empresario logrará su cometido: realizar la venta.

El espejo del shopping (al que así llamamos genéricamente aunque hagamos referencia a una gran tienda o un pequeño negocio) es traicionero: nos devuelve nuestra mejor imagen y siempre nos muestra divinas.  A ese engaño se suma el de la vendedora, por lo general anoréxica, a la cual le ordenaron decir “te queda divino flaqui”, a cada cosa que alguna clienta se le ocurre probar”. Por favor, ¿acaso creen que todavía les creemos cuando adulan melosamente el resultado de cualquiera de sus trapos en nuestros cuerpos? ¿Creen que creemos la repetidísima y mentirosa frase “yo me saqué dos”? ¿O la apocalíptica sentencia de “quedó este sólo, todos los demás volaron”? Bajo esta asociación ilícita entre espejo y vendedora, se filtran en nuestro placard numerosas prendas que, una vez que son interpeladas por el espejo inquisidor de casa, reposan eternamente esperando pasar a mejor vida o conforman esa eterna e inútil selección de prendas para usar “cuando tenga unos kilitos menos”.


El proceso funciona así: seleccionamos la pieza deseada, pedimos nuestro talle y nos dirigimos al probador con la esperanza de encontrar en un amor a primera vista una de esas prendas para siempre, que definen nuestra personalidad, algunas perfectas para usar todos los días, otras para usar sólo una vez pero son tan perefctamente oportunas que te cambian en una sola noche toda la vida; otras que ayudan a algún propósito en particular, como conseguir trabajo o caer bien a los suegros (aunque ese efecto, uses lo que uses, es muy poco frecuente). Una vez que cerramos la cortina del probador y nos encontramos en la soledad del cubículo, confiamos ciegamente en la honestidad de la imagen que nos devuelve el espejo. Por supuesto, que hay muchas veces en que realizamos compras inteligentes, haciéndonos de prendas que nos cansaremos de usar y nos acompañarán en los momentos clave de nuestras vidas. Otras veces, hasta salimos fortalecidas en nuestra alegría, festejando los efectos de haber empezado el gimnasio o de las corridas diarias al bondi, que siempre pasa por tu parada cuando todavía estas a dos cuadras.

Pero la mayoría de las veces, por este acuerdo tácito entre espejo y vendedor, numerosos artículos que no nos favorecen o que jamás volveremos a usar, pasan a formar disimuladamente parte de nuestro vestuario, engordando insalubremente nuestros placares y adelgazando nuestras billeteras. No hay que dejar de mencionar ciertos alicientes al consumo suicida que potencian el ya denunciado complot:  las deformaciones en la percepción que podemos experimentar las mujeres cuando está por venirnos el período, cuando cortamos con nuestro novio o cuando nos enteramos que nuestro ex de diez años dejó embarazada a su novia y va casarse el mes próximo. Ante estas vicisitudes, salir de compras es altamente contraindicado, como también manejar, manipular objetos peligrosos o cuidar niños ajenos, o en síntesis, salir de tu casa por razón alguna. Mejor quedate en tu casa bajo observación de una amiga y cuando ella lo aconseje, volvé a tu rutina normal.

Una prenda no favorable puede acceder a nuestro íntimo circuito, sin embargo, muy pocas veces escapara al filtro del espejo propio, que tanto nos mira, que tantos nos conoce, y que sobre todo, nos dice irremediablemente la verdad. Por eso, el problema de comprar confiando en el espejo del shopping es el volver a probarnos la nueva adquisición frente a nuestro espejo y hacernos acordar a uno de los grotescos personajes del Circo de Soleil. Por ahí se hace dicícil cambiarla, porque ya perdiste la boleta, o se te pasó la fecha de cambio y esa prenda morirá en un cajón sin haber conocido la luz del sol o el reflejo luminoso del boliche. Otras veces, sobre todo cuando nuestra percepción se ve afectada por cuestiones hormonales y emocionales como las que ya mencionamos y nos encontramos incapaces de leer la sentencia desfavorable que dicta el espejo sobre nuestro retrato, la censura viene de la mano de un sorpresivo “¿qué te pusiste?”, seguido de un dilatación de ojos profunda de dicho emisor, que suele ser nuestra pareja, nuestros hijos, una amiga o nuestra madre. Escuchar semejante llamado de atención suele enfadarnos un poco, pero recordemos que si de alguna de las personas nombradas proviene la frase, lo mejor es abstenerse. Seguro estaremos preservándonos de un bochorno mayor.

Después de mucho almacenaje de indumentaria inútil, que compré y acopié como para abastecer el capricho de seguir a la moda de un curso entero de colegialas en época de guerra, muchas prendas regalé sin uso y otras se desintegrarán en mi placard por acción de las polillas, he comenzado a emplear un mecanismo que recomiendo: protege de la tiranía del espejo comercial, evita el gasto superfluo,  te abstiene del ridículo, hace que te veas mejor todos los días (mejorando tu autoestima y por ende tu desempeño sexual) y no tiene costo alguno ni efectos secundarios.

He comenzado a salir de compras con mi propio espejo y he adquirido un espejo con efecto adelgazante para mi propia casa. El balance es positivo por donde lo mire. Por un lado, compro solo lo que me queda verdaderamente bien, no gasto en ropa que luego no voy a animarme a usar,  a la vez que, con el espejo nuevo en casa, me veo más flaca y siento mejor, al mismo tiempo que he recuperado parvas de ropa que hacía tiempo no usaba. Reconozco ciertos inconvenientes prácticos a la hora de cargarlo en el auto y otros inconvenientes sociales cuando la vendedora me mira aterrada convencida de estar ante la presencia de una paciente psiquiátrica (pero esto en realidad no me trae más que beneficios, porque así las empleadas no se animan a melosearme con su listado de cumplidos), pero todo lo otro no ha hecho más que optimizar mi calidad de vida y acrecentar mi felicidad. Lo único que está dieta es mi placard: yo como lo que se me canta y sigo viéndome estupenda; mi billetera crece en ahorros día a día, al mismo ritmo que mi autoestima. ¿No es buen negocio acaso?

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