La conspiración del espejo del
shopping
Según
Wikipedia, una teoría conspirativa consiste en la explicación de un evento
o cadena de eventos ya sucedidos o todavía por suceder (comúnmente políticos, sociales, populares o históricos) a partir de la ocultación de sus verdaderas causas al
conocimiento público o a un complot secreto, a menudo engañoso, por parte de un grupo de personas u organizaciones poderosas
e influyentes que permanecen en la sombra.
Aún las más omnipotentes personalidades políticas
de nuestra historia o los más imbatibles imperios han caído de cabeza por
distintas conspiraciones: basta nombrar el dudoso asesinato de Napoleón y el de
John F. Kennedy; asimismo, se han denunciado distintas situaciones que se
mantendrían escondidas al resto de la sociedad, como la vergüenza del oro nazi
y el ocultamiento del extraterrestre de Roosevelt y otras que se montarían de
manera artificial, como por ejemplo muchos dicen, la falsa llegada a la luna,
y, el más recientemente ataque a las torres gemelas, que muchos teóricos y
otros arriesgados ya han denunciado como un complot. Otras conspiraciones se
suceden silenciosa y sistemáticamente movilizando, con su sutil pero precisa
maquinaria, voluntades y actitudes en masa hacia sus mezquinos objetivos.
Nuestras decisiones son manipuladas y, sin saberlo, nos encontramos asistiendo
desde afuera al show de nuestra propia vida que otros digitan.
Dicho esto, procedo a denunciar formalmente una
de las conspiraciones más burdas y totalitarias de nuestra posmodernidad: la
complicidad entre el espejo del shopping y el negociante, en desmedro del
comprador. La imputación no se limita a las grandes marcas, famosas por contar
con sofisticados espejos con photoshop incluido; hasta el local más
despojado, aún haciendo uso de la
simple técnica milenaria de inclinar el espejo levemente hacia atrás, engañará
la autoestima de la mujer, se verá fantástica en un atuendo mediocre y el
empresario logrará su cometido: realizar la venta.
El espejo del shopping (al que así llamamos
genéricamente aunque hagamos referencia a una gran tienda o un pequeño negocio)
es traicionero: nos devuelve nuestra mejor imagen y siempre nos muestra divinas. A ese engaño se suma el de la
vendedora, por lo general anoréxica, a la cual le ordenaron decir “te queda divino flaqui”, a cada cosa
que alguna clienta se le ocurre probar”. Por favor, ¿acaso creen que todavía
les creemos cuando adulan melosamente el resultado de cualquiera de sus trapos
en nuestros cuerpos? ¿Creen que creemos la repetidísima y mentirosa frase “yo me saqué dos”? ¿O la apocalíptica
sentencia de “quedó este sólo, todos los
demás volaron”? Bajo esta asociación ilícita entre espejo y vendedora, se
filtran en nuestro placard numerosas prendas que, una vez que son interpeladas
por el espejo inquisidor de casa, reposan eternamente esperando pasar a mejor
vida o conforman esa eterna e inútil selección de prendas para usar “cuando tenga unos kilitos menos”.
El proceso funciona así: seleccionamos la pieza
deseada, pedimos nuestro talle y nos dirigimos al probador con la esperanza de
encontrar en un amor a primera vista una de esas prendas para siempre, que
definen nuestra personalidad, algunas perfectas para usar todos los días, otras
para usar sólo una vez pero son tan perefctamente oportunas que te cambian en
una sola noche toda la vida; otras que ayudan a algún propósito en particular,
como conseguir trabajo o caer bien a los suegros (aunque ese efecto, uses lo
que uses, es muy poco frecuente). Una vez que cerramos la cortina del probador
y nos encontramos en la soledad del cubículo, confiamos ciegamente en la
honestidad de la imagen que nos devuelve el espejo. Por supuesto, que hay muchas
veces en que realizamos compras inteligentes, haciéndonos de prendas que nos
cansaremos de usar y nos acompañarán en los momentos clave de nuestras vidas.
Otras veces, hasta salimos fortalecidas en nuestra alegría, festejando los
efectos de haber empezado el gimnasio o de las corridas diarias al bondi, que
siempre pasa por tu parada cuando todavía estas a dos cuadras.
Pero la mayoría de las veces, por este acuerdo
tácito entre espejo y vendedor, numerosos artículos que no nos favorecen o que
jamás volveremos a usar, pasan a formar disimuladamente parte de nuestro
vestuario, engordando insalubremente nuestros placares y adelgazando nuestras
billeteras. No hay que dejar de mencionar ciertos alicientes al consumo suicida
que potencian el ya denunciado complot:
las deformaciones en la percepción que podemos experimentar las mujeres
cuando está por venirnos el período, cuando cortamos con nuestro novio o cuando
nos enteramos que nuestro ex de diez años dejó embarazada a su novia y va
casarse el mes próximo. Ante estas vicisitudes, salir de compras es altamente
contraindicado, como también manejar, manipular objetos peligrosos o cuidar
niños ajenos, o en síntesis, salir de tu casa por razón alguna. Mejor quedate
en tu casa bajo observación de una amiga y cuando ella lo aconseje, volvé a tu
rutina normal.
Una prenda no favorable puede acceder a nuestro
íntimo circuito, sin embargo, muy pocas veces escapara al filtro del espejo
propio, que tanto nos mira, que tantos nos conoce, y que sobre todo, nos dice
irremediablemente la verdad. Por eso, el problema de comprar confiando en el
espejo del shopping es el volver a probarnos la nueva adquisición frente a
nuestro espejo y hacernos acordar a uno de los grotescos personajes del Circo
de Soleil. Por ahí se hace dicícil cambiarla, porque ya perdiste la boleta, o
se te pasó la fecha de cambio y esa prenda morirá en un cajón sin haber
conocido la luz del sol o el reflejo luminoso del boliche. Otras veces, sobre
todo cuando nuestra percepción se ve afectada por cuestiones hormonales y
emocionales como las que ya mencionamos y nos encontramos incapaces de leer la
sentencia desfavorable que dicta el espejo sobre nuestro retrato, la censura
viene de la mano de un sorpresivo “¿qué
te pusiste?”, seguido de un dilatación de ojos profunda de dicho emisor,
que suele ser nuestra pareja, nuestros hijos, una amiga o nuestra madre.
Escuchar semejante llamado de atención suele enfadarnos un poco, pero
recordemos que si de alguna de las personas nombradas proviene la frase, lo
mejor es abstenerse. Seguro estaremos preservándonos de un bochorno mayor.
Después de mucho almacenaje de indumentaria
inútil, que compré y acopié como para abastecer el capricho de seguir a la moda
de un curso entero de colegialas en época de guerra, muchas prendas regalé sin
uso y otras se desintegrarán en mi placard por acción de las polillas, he
comenzado a emplear un mecanismo que recomiendo: protege de la tiranía del
espejo comercial, evita el gasto superfluo, te abstiene del ridículo, hace que te veas mejor todos los
días (mejorando tu autoestima y por ende tu desempeño sexual) y no tiene costo
alguno ni efectos secundarios.

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