lunes, 13 de julio de 2015

Eventos, encuentros y desencuentros (Entrega I de III)


La vida social es un ámbito en el cual la mujer tiene un rol protagónico, sobre todo a la hora de organizar aquellos momentos que luego quedarán en la memoria de todos como relajados instantes de gozo, olvidándonos del trabajo y stress de su preparación.
Los hombres, en cambio, tienen la habilidad de poder disfrutar plenamente de estos encuentros, porque por  lo general, aunque sean ellos los que convoquen, tienden a sentirse siempre muy bien invitados, y desde la comodidad de un sillón ejercen el derecho de sentirse de visita aún en su propio hogar, y a deleitarse con las comidas, las bebidas y la buena compañía sin ninguna interrupción, salvo cuando llama la irrenunciable necesidad de dirigirse al toilette.

Las "Marta" y las "María"

Quien haya alguna vez tenido contacto con el Cristianismo, recordará esa imagen bíblica de Jesús visitando a las hermanas Marta y María: María se sentó a escuchar embelesada las novedades del iluminado, mientras Marta iba y venía trayendo y llevando trastos, comidas y bebidas. Enojadísima, la pobre infeliz le dice a Jesús que por favor le diga a la fresca de María que mueva un poco el traste para ayudarla; sin  embargo, Él le contesta: “Marta, Marta, te afanas y te preocupas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria. Pues María ha escogido la mejor parte, la cual no le será quitada”[1].
Más allá de la enseñanza bíblica de preocuparnos por lo importante y no por lo urgente, a la luz de este ilustrativo evangelio, podemos dividir a las mujeres en dos clasificaciones en su rol frente a la gimnasia social: las “María” y las “Marta”.
Si algo es seguro, es que las “María” saben disfrutar de la vida, y las urgencias domésticas no ocupan su tiempo ni preocupación. Las “María” son aquellas verdaderas amantes de los encuentros sociales, las muy relajadas a las que nada les roba su tranquilidad, o al menos las que hacen lo mínimo e indispensable pero con antelación, para evitar cualquier trajín, que les impida disfrutar en cuerpo y alma el convite y todo su circo. Llegás a un evento organizado por una “María”, y con todo en su lugar, te recibe ella recién bañada (porque acaba de volver del gym) de punta en blanco con conjunto con el color de moda (que acabas de ver en la tapa de la “Para ti Colecciones” en el kiosko de revistas desde la ventanillas del auto, y que como todos las temporadas, nunca conseguís por que se agota antes, por lo cual quedás nuevamente en la ignorancia desnuda sobre lo que vendrá), con copa de champagne en la mano, luciendo el corte de pelo del momento y una sonrisa generosa para reír de cualquier vanalidad que surja en el jolgorio.
Las “Marías, en su versión radical, son capaces de recibirte hasta perfumadas pero sin la menor idea de que es lo que comerán las veinticinco personas que espera en su monoambiente. A “María” no se le ocurriría invertir un suspiro de su tiempo en amasar ñoquis para todos los cuerpos presentes, ni en hacer empanadas caseras para todos. Seguro que no sabe ni cocinar. Pero como siempre, todo se resolverá de alguna manera u otra, entre que se actualiza en un chisme o comenta sobre lo feo que le queda el corte nuevo a la vecina. La comida no sólo termina estando riquísima, sino que además, suele dejar obnubilados a los invitados, porque ese talento que tiene para todo salirle bien, se agudiza en su capacidad de elegir un delivery, siempre a la vanguardia del plato de moda en el catering del momento. Cuando todos estaban todavía con la pata flambeada ella innovó con las pizzas a la parrilla, fue la primera en invitarte a un resto tex mex cuando lo único que recordabas de comida mexicana era gracias a tu infancia viendo al Chavo del Ocho. A ella le debés tu destreza en los palillos chinos, el día que en su cumpleaños humilló sin quererlo a todo el equipo comiendo sushi con talento de samurai, mientras presentaba a los invitados las distintas variedades de maki en japonés original, y no te quedó otra que lanzarte en la sofisticada técnica o morir de inanición. Como era de esperarse, este y los otros gustos orientales le quedaron ya un poco pasados de modas, con la excepción de cuando van en fusión con la comida peruana, “el” estilo culinario en boga, que sólo se ve eclipsado a veces por la comida molecular.  Como sea, todo lo habrá dispuesto para poder charlar con cada uno de los visitantes que la conmemoren con su presencia, y disfrutará cada episodio de la charla y el baile, los que se verán solo interrumpidos para saludar a los que van llegando o despedir a los que van partiendo.

Como anfitrionas, tienen el defecto de dejarte a la deriva, teniendo que ir una a buscar el sacacorchos a la cocina o adivinando entre los muebles donde puede haber otro vaso, porque si está cómoda, disfruta tanto del encuentro que tienden a olvidar que hay otros invitados aparte de ella misma. Si tiene chicos, la muy relajada seguro se los dejó al marido, a la madre o a la empleada,  sin preocupaciones, y si están con ella, seguro que tiene la suerte de que andan comidos y bañados, mirando callados una película o gozando de los beneficios del sueño sin ni siquiera los invitados reparar en su presencia.  A simple vista, pareciera que nada les cuesta, por lo cual las “Marta” le critican su perfecta espontaneidad, su ausencia de culpa doméstica, su desapego de soltar a sus chicos en cualquier mano, y su poco sacrificado desempeño en la atención de sus invitados, a los que deja tan libres como ella se siente. Sin embargo, nos divertimos tanto con su desparpajo y sus ganas de vivir la vida, que decirle que no a una invitación de nuestra pintoresca amiga, no es nunca una posibilidad.
La versión de “María” deja de ser tan amena cuando la tenemos de invitada: llega exultante, dispuesta a disfrutar de los placeres de la vida social con la decisión de una topadora, se charla, se come, se fuma y se chupa todo sin prestar la más mínima colaboración, porque su misión y función en la vida y en este mundo es el entretenimiento, y no objetivos tan chatos como la limpieza ni la asistencia, revelación que tiene muy en claro. A un pequeño encuentro de amigas, se inmiscuye con su manifiesto estruendo, se convierte en el centro de los relatos y en el destino de todas las confesiones, hasta que se lleva su gozoso ser a otro lado, sin haber realizado el menor esfuerzo de colaborar con cuestiones tan básicas para la convivencia como ofrecerse a lavar un plato o limpiar el cenicero, que aunque rebalse de colillas y cenizas, no será ella quien hará semejante despilfarro de sus energías en algo tan intrascendente.
Por el otro lado, están las “Marta”, aquellas mujeres de la escuela “Utilísima” que transcurren las reuniones de aquí para allá hasta que, sin darse cuenta, quedaron solas con todo para lavar y ordenar. Nada nos gusta más que ser convocadas a visitar a las “Martas”, porque nuestra presencia se ve retribuida con decenas de exquisiteces de recetas caseras y originales que te hacen vibrar el paladar y hasta te sacan la culpa del engorde, porque manjares tan ricos y poco comunes como ellos valen la pena un kilito de más, porque no sólo nutren el cuerpo, sino que son un mimo al corazón.

Los eventos promulgados por las “Marta” son sin duda los más convocantes. Nadie quiere perderse la orgía de gustos y calorías que “Marta” estuvo amasando, hirviendo, cortando, macerando, picando, revolviendo, cocinando, esparciendo, horneando y sirviendo por semanas para ese gran día que, aunque se pasa volando, “Marta” disfruta más que ninguna al ver a sus queridos invitados engullirse sus creaciones a lo Hansel y Gretel. Su gozo se complementa atendiendo el resto de las necesidades de los huéspedes. Una nunca se sienten tan bienvenida en ningún lado como en su casa: “Marta” le dedica un afectuoso saludo inicial a sus convidados y se ocupará de colgar abrigos, carteras, disponer ubicación y compañía, y hacer llegar a cada uno toda la variedad  de bebidas y artesanías comestibles que ella preparó. Pero entre tantas tareas, es probable que no vuelva a cruzar palabra con ningún invitado hasta el final de la reunión, por lo cual quien visita a una “Marta” por el verdadero motivo de estar con ella, sabe que tendrán que arreglar para verse en otro momento . No es raro que mientras comes macitas, ella anda por el piso aspirando las migas que despide tu manjar, o mientras va ensuciándose la vajilla, ella disimulada pasa a la cocina a lavar los platos, lo que puede ser más que irritante muchas veces. Sus agasajos duran horas, y a veces días: no es raro que convoque para una fecha, su cumpleaños, por ejemplo, y cuando este acaba, vuelva a invitar, con la excusa de comer las sobras, por lo que todas sus verbenas, suelen prolongarse en el tiempo.

En cuestiones familiares, suele siempre ofrecer su hogar para congregar a los suyos y su prolongación, que en algunas fechas del calendario, como Navidad y Año Nuevo, el colectivo incluye parientes lejanos que “Marta” no ve en todo el año y que se autoinvitan a tremendo bochinche aprovechando la convocatoria generalizada, sabiendo que “Marta” jamás podrá traicionar su vocación de servicio. Esa característica de su personalidad se hace extensivo a todos los ámbitos de su vida, y por eso (y también mucho más) las “Marta” están siempre entre nuestras amigas, cuñadas o tías preferidas.

Por supuesto, la generosidad de las “Marta” tiene un límite, y si tocan fondo por que nadie colabora con sus hazañas festivas o por una sobredosis desmedida de atención de juergas y otras actividades demandantes de la vida, con el mismo empeño que antes servían a masas, pueden llegar a lanzar a mansalva  tal abundancia de improperios hacia toda la prole, que poco tendrán que ver con sus controlados modales en el buen servir. Si una tuvo la suerte de contar con una madre estilo “Marta”, es muy probable que hayas crecido en la comodidad de un hogar receptor, donde se convocaban por igual a  grupos de todas las edades, que el equipo familiar atendía a sus medidas y posibilidades. Pero también, quien tuvo a una “Marta” como madre es probable que haya padecido la macabra contracara de cada evento: el backstage, en su versión previa al convite, en el cual las órdenes en son militar a todos los miembros de la casa se intercalaban con gritos de histeria que exigían ayuda o recriminaban demasiado relax, o en su faceta  posterior, con todo el caos luego de la tormenta, avecinándose también a veces un tsunami de improperios y juramentos que engloban la idea de no volver a ofrecer el hogar como centro de encuentro, ni que se viniera el fin del mundo y fuera la propia la última casa en pie.

Lo curioso del caso es que, por más esfuerzo que se le ponga, salvo contadas excepciones, quien nace “María”, morirá “María”, y quien nace “Marta”, morirá como tal, por lo que salvo mínimas concesiones con nuestras manías, sepamos a que estamos condenadas nosotros, y nuestro entorno, que es quien en realidad nos padece.



[1] Evangelio de San Lucas 42:10:42

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