La vida social es un ámbito en el
cual la mujer tiene un rol protagónico, sobre todo a la hora de organizar
aquellos momentos que luego quedarán en la memoria de todos como relajados
instantes de gozo, olvidándonos del trabajo y stress de su preparación.
Los hombres, en cambio, tienen la
habilidad de poder disfrutar plenamente de estos encuentros, porque por lo general, aunque sean ellos los que
convoquen, tienden a sentirse siempre muy bien invitados, y desde la comodidad
de un sillón ejercen el derecho de sentirse de visita aún en su propio hogar, y
a deleitarse con las comidas, las bebidas y la buena compañía sin ninguna
interrupción, salvo cuando llama la irrenunciable necesidad de dirigirse al
toilette.
Las "Marta" y las "María"
Quien haya alguna vez
tenido contacto con el Cristianismo, recordará esa imagen bíblica de Jesús
visitando a las hermanas Marta y María: María se sentó a escuchar embelesada
las novedades del iluminado, mientras Marta iba y venía trayendo y llevando trastos,
comidas y bebidas. Enojadísima, la pobre infeliz le dice a Jesús que por favor
le diga a la fresca de María que mueva un poco el traste para ayudarla; sin embargo, Él le contesta: “Marta, Marta, te afanas y te preocupas
por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria. Pues María ha escogido la mejor
parte, la cual no le será quitada”[1].
Más allá de la enseñanza
bíblica de preocuparnos por lo importante y no por lo urgente, a la luz de este
ilustrativo evangelio, podemos dividir a las mujeres en dos clasificaciones en
su rol frente a la gimnasia social: las “María” y las “Marta”.
Si algo es seguro, es que
las “María” saben disfrutar de la vida, y las urgencias domésticas no ocupan su
tiempo ni preocupación. Las “María” son aquellas verdaderas amantes de los
encuentros sociales, las muy relajadas a las que nada les roba su tranquilidad,
o al menos las que hacen lo mínimo e indispensable pero con antelación, para
evitar cualquier trajín, que les impida disfrutar en cuerpo y alma el convite y
todo su circo. Llegás a un evento organizado por una “María”, y con todo en su
lugar, te recibe ella recién bañada (porque acaba de volver del gym) de punta
en blanco con conjunto con el color de moda (que acabas de ver en la tapa de la
“Para ti Colecciones” en el kiosko de revistas desde la ventanillas del auto, y
que como todos las temporadas, nunca conseguís por que se agota antes, por lo
cual quedás nuevamente en la ignorancia desnuda sobre lo que vendrá), con copa
de champagne en la mano, luciendo el corte de pelo del momento y una sonrisa
generosa para reír de cualquier vanalidad que surja en el jolgorio.
Las “Marías, en su versión radical,
son capaces de recibirte hasta perfumadas pero sin la menor idea de que es lo
que comerán las veinticinco personas que espera en su monoambiente. A “María”
no se le ocurriría invertir un suspiro de su tiempo en amasar ñoquis para todos
los cuerpos presentes, ni en hacer empanadas caseras para todos. Seguro que no
sabe ni cocinar. Pero como siempre, todo se resolverá de alguna manera u otra,
entre que se actualiza en un chisme o comenta sobre lo feo que le queda el
corte nuevo a la vecina. La comida no sólo termina estando riquísima, sino que
además, suele dejar obnubilados a los invitados, porque ese talento que tiene para
todo salirle bien, se agudiza en su capacidad de elegir un delivery, siempre a la vanguardia del plato de moda en el catering
del momento. Cuando todos estaban
todavía con la pata flambeada ella innovó con las pizzas a la parrilla, fue la
primera en invitarte a un resto tex mex cuando lo único que recordabas de
comida mexicana era gracias a tu infancia viendo al Chavo del Ocho. A ella le
debés tu destreza en los palillos chinos, el día que en su cumpleaños humilló
sin quererlo a todo el equipo comiendo sushi con talento de samurai, mientras
presentaba a los invitados las distintas variedades de maki en japonés
original, y no te quedó otra que lanzarte en la sofisticada técnica o morir de
inanición. Como era de esperarse, este y los otros gustos orientales le
quedaron ya un poco pasados de modas, con la excepción de cuando van en fusión
con la comida peruana, “el” estilo culinario en boga, que sólo se ve eclipsado
a veces por la comida molecular. Como
sea, todo lo habrá dispuesto para poder charlar con cada uno de los visitantes
que la conmemoren con su presencia, y disfrutará cada episodio de la charla y
el baile, los que se verán solo interrumpidos para saludar a los que van
llegando o despedir a los que van partiendo.
Como anfitrionas, tienen el
defecto de dejarte a la deriva, teniendo que ir una a buscar el sacacorchos a
la cocina o adivinando entre los muebles donde puede haber otro vaso, porque si
está cómoda, disfruta tanto del encuentro que tienden a olvidar que hay otros
invitados aparte de ella misma. Si tiene chicos, la muy relajada seguro se los
dejó al marido, a la madre o a la empleada, sin preocupaciones, y si están con ella, seguro que tiene la
suerte de que andan comidos y bañados, mirando callados una película o gozando
de los beneficios del sueño sin ni siquiera los invitados reparar en su
presencia. A simple vista,
pareciera que nada les cuesta, por lo cual las “Marta” le critican su perfecta
espontaneidad, su ausencia de culpa doméstica, su desapego de soltar a sus
chicos en cualquier mano, y su poco sacrificado desempeño en la atención de sus
invitados, a los que deja tan libres como ella se siente. Sin embargo, nos
divertimos tanto con su desparpajo y sus ganas de vivir la vida, que decirle
que no a una invitación de nuestra pintoresca amiga, no es nunca una
posibilidad.
La versión de “María” deja
de ser tan amena cuando la tenemos de invitada: llega exultante, dispuesta a
disfrutar de los placeres de la vida social con la decisión de una topadora, se
charla, se come, se fuma y se chupa todo sin prestar la más mínima colaboración,
porque su misión y función en la vida y en este mundo es el entretenimiento, y
no objetivos tan chatos como la limpieza ni la asistencia, revelación que tiene
muy en claro. A un pequeño encuentro de amigas, se inmiscuye con su manifiesto
estruendo, se convierte en el centro de los relatos y en el destino de todas
las confesiones, hasta que se lleva su gozoso ser a otro lado, sin haber
realizado el menor esfuerzo de colaborar con cuestiones tan básicas para la
convivencia como ofrecerse a lavar un plato o limpiar el cenicero, que aunque rebalse
de colillas y cenizas, no será ella quien hará semejante despilfarro de sus
energías en algo tan intrascendente.
Por el otro lado, están las
“Marta”, aquellas mujeres de la escuela “Utilísima” que transcurren las reuniones
de aquí para allá hasta que, sin darse cuenta, quedaron solas con todo para
lavar y ordenar. Nada nos gusta más que ser convocadas a visitar a las
“Martas”, porque nuestra presencia se ve retribuida con decenas de exquisiteces
de recetas caseras y originales que te hacen vibrar el paladar y hasta te sacan
la culpa del engorde, porque manjares tan ricos y poco comunes como ellos valen
la pena un kilito de más, porque no sólo nutren el cuerpo, sino que son un mimo
al corazón.
Los eventos promulgados por las
“Marta” son sin duda los más convocantes. Nadie quiere perderse la orgía de
gustos y calorías que “Marta” estuvo amasando, hirviendo, cortando, macerando,
picando, revolviendo, cocinando, esparciendo, horneando y sirviendo por semanas
para ese gran día que, aunque se pasa volando, “Marta” disfruta más que ninguna
al ver a sus queridos invitados engullirse sus creaciones a lo Hansel y Gretel.
Su gozo se complementa atendiendo el resto de las necesidades de los huéspedes.
Una nunca se sienten tan bienvenida en ningún lado como en su casa: “Marta” le
dedica un afectuoso saludo inicial a sus convidados y se ocupará de colgar
abrigos, carteras, disponer ubicación y compañía, y hacer llegar a cada uno
toda la variedad de bebidas y
artesanías comestibles que ella preparó. Pero entre tantas tareas, es probable
que no vuelva a cruzar palabra con ningún invitado hasta el final de la reunión,
por lo cual quien visita a una “Marta” por el verdadero motivo de estar con
ella, sabe que tendrán que arreglar para verse en otro momento . No es raro que
mientras comes macitas, ella anda por el piso aspirando las migas que despide
tu manjar, o mientras va ensuciándose la vajilla, ella disimulada pasa a la
cocina a lavar los platos, lo que puede ser más que irritante muchas veces. Sus
agasajos duran horas, y a veces días: no es raro que convoque para una fecha,
su cumpleaños, por ejemplo, y cuando este acaba, vuelva a invitar, con la
excusa de comer las sobras, por lo que todas sus verbenas, suelen prolongarse
en el tiempo.
En cuestiones familiares, suele
siempre ofrecer su hogar para congregar a los suyos y su prolongación, que en
algunas fechas del calendario, como Navidad y Año Nuevo, el colectivo incluye
parientes lejanos que “Marta” no ve en todo el año y que se autoinvitan a
tremendo bochinche aprovechando la convocatoria generalizada, sabiendo que “Marta”
jamás podrá traicionar su vocación de servicio. Esa característica de su
personalidad se hace extensivo a todos los ámbitos de su vida, y por eso (y
también mucho más) las “Marta” están siempre entre nuestras amigas, cuñadas o
tías preferidas.
Por supuesto, la generosidad de
las “Marta” tiene un límite, y si tocan fondo por que nadie colabora con sus
hazañas festivas o por una sobredosis desmedida de atención de juergas y otras
actividades demandantes de la vida, con el mismo empeño que antes servían a masas,
pueden llegar a lanzar a mansalva tal abundancia de improperios hacia toda la prole, que poco
tendrán que ver con sus controlados modales en el buen servir. Si una tuvo la
suerte de contar con una madre estilo “Marta”, es muy probable que hayas
crecido en la comodidad de un hogar receptor, donde se convocaban por igual a grupos de todas las edades, que el
equipo familiar atendía a sus medidas y posibilidades. Pero también, quien tuvo
a una “Marta” como madre es probable que haya padecido la macabra contracara de
cada evento: el backstage, en su
versión previa al convite, en el cual las órdenes en son militar a todos los
miembros de la casa se intercalaban con gritos de histeria que exigían ayuda o
recriminaban demasiado relax, o en su faceta posterior, con todo el caos luego de la tormenta,
avecinándose también a veces un tsunami de improperios y juramentos que
engloban la idea de no volver a ofrecer el hogar como centro de encuentro, ni
que se viniera el fin del mundo y fuera la propia la última casa en pie.
Lo curioso del caso es que, por más
esfuerzo que se le ponga, salvo contadas excepciones, quien nace “María”,
morirá “María”, y quien nace “Marta”, morirá como tal, por lo que salvo mínimas
concesiones con nuestras manías, sepamos a que estamos condenadas nosotros, y
nuestro entorno, que es quien en realidad nos padece.

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