Depilación = Flagelación
Siguiendo sobre
las prácticas de tormento más avanzadas, llegamos a la flagelación por
excelencia que es la depilación. En nuestro país, hay casi una casa de
depilación por cuadra, y como ninguna otra mujer en el mundo, parece que nos
encanta andar a lo pelado como si una naturalmente viniera lampiña a este
mundo. En nuestra sociedad, tener un pelo en otro lugar que en la cabeza, las
pestañas o las cejas, califica en la categoría de pecado mortal. Algunas de mis
amigas se depilan los bigotes con tanta frecuencia como lavan sus dientes. Es
preferible llegar a una fiesta con la franja roja de irritación en el boso que
alguien llegue a sospechar que esa sombra que se adivina a contraluz es la
pelucita del bigote.
Si una tiene la
malafortuna de que un hombre te roce sin querer tu pierna pinchudita de tres
días sin rasuradora, dicho accidente se asimila casi como un suicidio público.
Si pensás que por las zonas bajas puede haberte crecido un ejemplar, suspendés
el traje de baño hasta que reúnas el tiempo y el coraje para su extirpación,
aunque la temperatura haya superado los 50 grados. Tener vello en las axilas y
que alguien lo descubra es una humillación de primer orden. Y cuando nosotras o
algún conocido tiene la suerte de viajar al exterior, nos escandlizamos de los
moncholos que las europeas muestran orgullosas, bajo los brazos, en el cavado o
en zonas más profundas aún. ¿Dónde nos habremos contagiado de esa chaetofobia
(sí, ese es el nombre que recibe la fobia al pelo) tan marcada en las mujeres
argentinas?
Para no caer en
la vergüenza de que alguien descubra que somos humanos y como todo mamífero
tenemos algun vello en alguna parte (sic), nos sometemos a variados métodos de suplicio
ideados para atacar estos crecimientos inoportunos que surgen en la piel. Comunmente,
toda mujer preferiere la tortura del despelaje al bochorno de verse parecida a
un chimpancé. La más antigua de las herramientas, la pincita de depilar, que
puede ser una verdadera arma de martirio si es aplicada sobre algunos pelos de
zonas específicas, como la nariz o los dedos del pie. Hay que convenir que la
rasuradora o vulgarmente conocida “track” es muchísimo menos violenta en su
desempeño, pero no se te vaya a ocurrir ponerte crema o nada con alcohol luego
de habértela pasado porque sentirás un ardor de quemadura en segundo grado. Lo
negativo de este utensilio es que en dos días, en vez de tener el pelo que
tenías antes de haberla usado, tus piernas parecerán dos ejemplares de cactus
autóctonos del desierto de Atacama, sobre todo si están verdes por la falta de
contacto con el sol, por lo que es prudente reservar este método engañoso para
ocasiones especiales exclusivamente.
La técnica más
común por nuestra tierra es la extracción de la vellosidad a través del uso de
cera vegetal. La depiladora, que conviene tener siempre de aliada porque te la
puede hacer pasar realmente mal, calienta al frente tuyo el cerumen a una temperatura
infernal, y cuando está bien derretido te embarduna la pelambre con el ungüento
pegajoso, espera hasta que se te seca y hablandote de huevadas para distraerte,
tira de este menjunge duro que tenés pegado a la piel con todas sus fuerzas
para arrancar de raiz todo pelo que haya usurpado un poro en tu dermis,
mientras vos insultás del dolor a la cera, a la depiladora, a tu marido, al
albañil de tu casa, a la concha de la lora y a cualquier individuo que en ese
momento desgarrante se te ocurra putear. El dolor de ese tirón, especialmente
del primero, es tan profundo que no es raro que días después la mujer depilada
tenga pesadillas con el asunto. Lo peor del caso, es que antes de que se
cumplan los veinte días del sucedido, hay que estar acudiendo nuevamente a la
terrorífica cita.
En este apartado,
hagamos la salvedad de reconocer la labor de las depiladoras, que sin contar
con el resguardo del derecho de admisión, no sólo tienen que bancarse los
insultos de toda la humanidad femenina mientras están cumpliendo con su deber,
sino que encima, son testigos de los peores estados de una mujer: muchas veces,
más que depiladoras, se sentirán médicas veterinarias, al asistir a tremendos
paisajes selváticos que parecieran jamás haber sido habitados por hombre alguno
y que ellas tienen que reconvertir en una prolija, amable y atractiva pradera
para el asentamiento masculino.
Existen otras
maneras alternativas de atacar este flagelo que tanto nos altera. Uno es la
depilady o maquina de afeitar, que de manera electrónica enrieda los pelos y
los extrae como lo haría una pincita de depilar, pero más rápido y bruscamente,
lo que cada pelo que te saca lo sufrís como un traumático desmembramiento
corporal. Entre las novedades, lo último es la depilación láser, que después de
muchas sesiones promete ser definitiva. Cada disparo, aproximadamente 50 por
pierna duele tanto como si te prendieran 50 veces un magiclick en la pierna,
además de todas las contraindicaciones que tiene. Asimismo, por supuesto,
después en letra chiquita te aclaran que lo de definitivo es un tanto relativo
y que tenés que volver cada año y medio a incendiarte la gamba de nuevo para
mantenimiento.
Elijamos el
método que elijamos, recordemos que librarnos de nuestro vellaje es siempre un
martirio que asumimos voluntariamente, y no una cuestión de salud, si no sólo
una cuestión estética, por lo que no es necesario morir en el intento.
Parirás (y algunas otras cosas más) con dolor
La vida de una
mujer puede resumirse en dos etapas: uno antes y otra después de su primera menstruación. Ese hito determina
el comienzo de un padecer insospechado que tendrá múltiples manifestaciones y
episodios físicos, hormonales y emocionales.
Desde el trauma
del primer sangrado y su higiene, el primer crecimiento mamario y el tener que
usar corpiño, son los primeros obstáculos que aparecen en el hasta entonces tranquilo
transcurrir de una niña. Estas dificultades la separan de sus actividades
preferidas y de la camadería mano a mano que tenía con los nenes. En ese
inmaculado reino de los doce años, entre mis amigas, que te hubiera llegado la
regla era un asunto de una importancia magra, que solo recordábamos cuando nos
veíamos imposibilitadas de meternos en la pileta , cuando el ciclo menstrual nos
desbordaba y se nos hacía un enchastre, o cuando nos tumbaba el dolor de las
puntadas en los ovarios. En
cambio, para nuestras madres, el haberse “hecho señorita”, como le decían, era
de una emoción y un orgullo enorme, que como púberes no podíamos comprender.
Cuando llegó mi día, recuerdo que mi madre emocionada me invitó a comer
hamburguesas como la excusa para la charla obligatoria, donde por supuesto
descubrió que estaba mucho más informada de lo que presumía. Después, nunca más
hablamos de sexo. Y mejor así. Mi padre, por su parte, me felicitó y me regaló
un ramo de flores. Yo no entendía nada del porque de tanto alboroto y sólo
pensaba en las veces que no podría meterme en la pileta a pesar del proximísimo
verano.
En el “parirás
con dolor” de la Biblia no estaba
incluído el sufrirás uno y cada día de menorrea durante toda tu vida fértil,
pero así sucede, aunque no esté ni siquiera escrito en letra chiquita. En mi
caso, la peor de sus consecuencias era el dolor asesino del primer día. Pero
lejos estoy de subestimar los efectos secundarios de tremenda interrupción, que
aparecieron inmediatamente después y han venido acrecentandosé
ininterrumpidamente con los años. El ciclo menstrual altera el cotidiano
transcurrir de nuestros días con consecuencias tan desagradables que parecen a
veces fruto de una maldición: cambios repentinos y sicóticos de humor, malestares
corporales varios, un acné grasoso y voluminoso, entre otros atentados
estéticos, que tenemos que sortear con toda clase de antídotos naturales y/o
artificiales sin mucho resultado. Después de haberlo probado todo, creo que en
todos los casos, la mejor solución es esperar que esos días pasen en el
aislamiento total, siempre que sea posible, para volver luego a la normalidad,
exigiendo a nuestros compañeros/as de vida que nos tengan paciencia y
consideración.
Cuando nos viene
por vez primera, sigue la inevitable visita al ginecólogo. ¿Por qué la mayoría
de los expertos en chocha son hombres digo yo? ¿Acaso no es como si un ciego
sea chofer o un sordo director de orquesta? Sin querer entrar en rivalidad entre los sexos,
gracias a Dios, hoy contamos con muchas más profesionales mujeres en el área,
lo que no me parece un detalle, sobre todo para esas primeras y traumáticas
consultas. Sin embargo, muchas mujeres, sobre todo de edad, siguen confiando
sus vaginillas a médicos hombres porque las mujeres “no les dan desconfianza”.
Cada visita
ginecológica es un suplicio en sí. Aunque reafirmo su importancia y necesidad
indudable, quiero denunciar lo molesto de los estudios, exámenes e
intervenciones que allí sufrimos
por el ser mujer, y que van empeorando mientras más viejas nos ponemos. Todavía
vengo zafando de una mamografía y la sola idea de cómo me contaron te aplastan
la mama me hace tener pesadillas.
Por supuesto, no
nos olvidemos de la cumbre de los dolores femeninos, el Parto, del cual de
tanto que hay que decir sobre él, le dedicamos un capítulo exclusívisimo bajo
el nombre “Panzas”.

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