lunes, 29 de junio de 2015

De doctores y dolores (Entrega I de II)


La vida de la mujer es un camino lleno de desafíos, pero también, un sendero lleno de dolores específicos de su sexo ( forzados o voluntarios ) que hacen todavía más complicado su transcurrir. Aquí enumeramos algunos de los tantos sacrificios a los cuales exponemos nuestros cuerpos las mujeres.
El alto precio de la belleza
Hasta mitad del siglo pasado, y por más de mil años, la belleza de una mujer china se medía por el tamaño de sus pies. El objetivo era lograr unos pies diminutos, de 7 cm, como en el siglo X lo había conseguido la amante preferida del emperador Li Yu vendando sus pies con cintas de seda. Esta extraña moda la siguieron las bailarinas del palacio para remarcar la gracia de sus movimientos y de allí se ramificó a las clases más altas. Para el siglo XVI, los “pies de loto”, como le llaman, estaban extendidos en todos los estratos sociales chinos, pero ya no para realzar los movimientos, sino para restringirlos, como lo dictaba Confucio, que propugnaba para la mujer una vida doméstica, dedicada exclusivamente para la maternidad, el cultivo de la virtud y el trabajo manual. Casi inválida, sólo habilitada para dar unos pequeños pasos, la mujer quedaba limitada exclusivamente a la vida en el hogar.
 Un cara bonita, es un regalo del cielo, un par de pies bonitos es trabajo mío”, expresa un dicho chino sobre este sacrificio que se iniciaba un día especial, previo a una consulta astrológica, cuando la madre de la niña, a sus cinco años, le cortaba las uñas de los pies y se los ponía en fuentones con mezclas de hierbas y sangre animal para prevenir infecciones. Posteriormente, le quebraba los dedos (con excepción del dedo gordo) y los aprisionaba contra el talón para luego cincharlos con seda o algodón. La hija sufrirá un dolor insoportable hasta dos años después de realizada la intervención, cuando se producía la muerte del nervio. Este ritual se repetía cada dos días con vendas limpias y durante diez años, imposibilitándola de caminar en este tiempo. Esta práctica fue abolida por los comunistas allá por 1911, ávidos de mayor mano de obra socialista y dentro de un plan de revalorización del rol de la mujer en la sociedad.
Otro ejemplo parecido, son las mujeres de cuello de jirafa (o padaung) de la etnia tibeto-birmana Karen, ubicadas en algunas zonas de Tailandia. La iniciación en esta práctica también comienza a los cinco años, en una noche de luna llena, donde la “afortunada” recibe un prolongado masaje con una poción secreta para relajar el cuello. Luego lo ejercitan por más de una hora, para luego agregarle un collar con la forma de rígidos anillos y de diez centímetros de ancho para ir presionando la clavícula hacia abajo. El ritual se repite cada dos años, agregando un anillar cada vez más ancho. Cuando el cuello de la mujer alcanza su altura máxima, no podrá volver a moverlo jamás.
Aunque estas prácticas puedan resultarnos impresionantes y barbáricas, pero lejanas, quiero recordarles que como mujeres de esta sociedad occidental, a todas nos gusta vernos bien: odiamos estar gordas, queremos estar a la moda, siempre jóvenes, prolijas, limpias y perfumadas. Esa carrera inevitable contra el tiempo, los kilos, la gravedad y la industria de la moda, es una guerra de mucho sacrificio, donde asumimos una considerable carga de dolor voluntariamente, siguiendo parámetros de belleza de alta exigencia, que muchas veces atentan hasta con nuestra salud física y, tal vez, también mental.
A ver… ¿ quién no se ha cagado de hambre una semana antes de un casamiento para estar y mostrarse flaca frente a esa muchedumbre que en realidad ni te importa, y mientras andabas famélica te sentías encarnando en la vida de algunas de estas modelos espantapájaros, que encima tienen el tupé de decirle al mundo que comen de todo y son flacas porque sí, cuando vos y todas sabemos que para parecer un esqueleto como ellas, hay que cerrar la boca, sino te llenas de relleno, como te pasa a vos?. Sé que cada una tendrá muchos más estos tristes ejemplos de compartir.
Ni que decir del dolor insoportable de una cirugía de lolas, de cola, de pera, de nariz, párpado, panza, etc. Con los liftings, lipos, relleno, botox, electrodos y otras técnicas prometedoras, la industria de la estética ofrece soluciones para la belleza que poco distan de las crueles modas que antes citábamos, sin embargo, quien está decidido por una cirugía o tratamiento para verse mejor, poco más importa.
La peluquería, ese lugar tan especial
Un lugar específico de tortura es la peluquería. Es verdad que en la mayoría de los casos a uno no le preocupa todo lo que sucede durante y adentro de ella, porque por lo general una sale divina y eso es lo único que vale, pero sí debemos reconocer a lo que de vez en cuando nos exponemos, sobre todo mujeres mayores, con una frecuencia casi semanal.
La primera gran prueba es la llegada a la peluquería: nunca sabés cuanto tendrás que esperar, por lo que cada vez que una se dirige a mejorar su cabellera, hay que estar anímicamente preparada para lo peor. Esperar no es tanto el problema en sí, sino estar esperando a merced de las revistas de segunda que habitan las peluquerías, y lo que es todavía peor, al altísimo costo de compartir esas horas con algunas de las otras clientas. Entrás y nunca sabés con quien te vas a encontrar, lo que puede resultar en una muy poco grata sorpresa. De repente, por querer cortarte el pelo justo ese día, te encontrás con esa compañera del colegio que hacía muecas con la cara todo el tiempo y que no ves hace 15 años, y tenés que fumarte que te cuente el color de la caca de la hija, toda la historia de su ascenso laboral (de la cual encima intuís que gana el doble que vos) y las mañas de su marido en la cama. También puede ocurrir que coincidas en tiempo y espacio con tu ex suegra, cuyo hijo te odia justificadamente, y tengas que ensayar la cara de nada frente a sus reproches primero y llantos de emoción después. Ningún peinado por más fantástico vale semejante sacrificio.
No obstante, creo que no debemos subestimar el valor protector de las revistas de entretenimientos contra personas con las cuales no querés entablar relación, como la mencionada ex compañera de escuela o la vecina que te va a volver a mencionar lo de que tu enredadera le tira hojas a su patio. Directamente desplegás la publicación, tapás con la revista todo rastro facial para que no sospechen de tu presencia y las espías desde arriba de las hojas cuando estén distraídas si queremos chusmear.  Además, su poder de distracción llega a ser tan poderoso, que atender por unos minutos la información tan poco relevante que nos ofrecen, hasta hacen olvidarnos por un rato los dolores en la cabeza que nos provoca sin intención nuestro amable peluquero.
Por otro lado, vale precisar que ni los titulares ni las fotos más entretenidas pueden abstraernos  a veces de algunas molestias tan severas como la de “la gorra para los reflejos”, proceso en el cual luego de vestir la cabeza con una gorra de plástico, el peluquero procede a separar con una aguja de tejer al crochet, pelo por pelo los mechones que serán decolorados. Juró que hay días que esta artesanía que se realiza en mi cabeza se siente de una crueldad primitiva. Ni te digo si lo que sigue después es el brushing, cuando ya tenés el cuero cabelludo sensible e irritado.
Otra tortura es el alisado permanente, en el cual durante 4 horas, mientras se te acalambran las fosas nasales por inahalar formol o algún otro químico similar, te tironean infinitas veces cada mechón con una planchita. El pelo te queda lacio como pelo de chino por unos meses, es verdad, pero no te avisaron que en realidad se te desintegro la mitad de la cabellera y que ahora andás respirando material radioactivo alojado en tus pulmones.
Soy una convencida que tanta revista superficial y chimentera que pulula en las peluquerías puede desacomodarnos las ideas y, en vez de hacernos el peinado que queríamos, marearnos de tal forma para que dejemos el recinto con un cambio de look total, más el infaltable baño de crema que siempre ofrecen por las dudas. Y de aquí nace otra clase de sufrimiento que nace en estos salones de belleza, que no tiene que ver con la violencia física pero si con la violencia emocional: esa necesidad repentina que se nos da por cambiar y que muchas veces trae acarreadas catástrofes estéticas, que tienen por supuesto su vertiente emocional.
Debo admitir que soy una fashion victim y que mi pelo, menos un rapado, ha sufrido todos los cambios y tendencias dictados por la moda capilar. Así mi rostro se ha rodeado de negros azabaches, rojos furiosos, violáceos invernales y rubios Mirella. He tenido el eterno pelo largo de novia a lo Juanita Viale, el pelo corto de varón como Celeste Cid en Verano del 98, el flequillo rollinga a lo Amelie, los mechones de extensiones interminables a lo Keira Nightley en Piratas del Caribe , el alisado perfecto de Natalia Oreiro, los rebajados caóticos a lo Lu Lopilato, el barrido como Pampita, la melena corta y decolorada a lo Calú Rivero, entre otros estilos, pero como es de suponer,  no todas estas experimentaciones me favorecieron precisamente. En ese sentido, muchas veces salí de la peluquería sin ánimo alguno de enfrentar el público, porque al verme al espejo ya sabía que parecía un pequinés, como la vez que decidí llevar el color de pelo al cobrizo y cortarme el flequillo ultra corto, o una señora frígida y coqueta  a lo Anna Wintour, cuando me corté el pelo carré y lo teñí de prolijo rubio con reflejos, sumándome mínimo diez años de edad.

Innovar tiene un poder renovador y refrescante sobre nuestra estética, pero hay que tener en cuenta un porcentaje de riesgo de que lo que nos hagamos nos quede horrible, por lo que siempre es recomendable pensar y consultar con alguna amiga honesta o un amigo gay sobre el cambio que una tenga ganas de hacerse. Porque cuando salís de la peluquería sin tu característico metro y medio de pelo largo, luciendo el pelo corto y platinado, y encima no estamos conformes, no sólo te arrepentís del tiempo perdido y del medio aguinaldo gastado en ese rato, sino, y sobre todo, de haberte arruinado ese pelo largo y morocho que justo empezás a valorar cuando acaban de cortartelo a lo masculino. La tortura se prolonga por meses, hasta años, hasta que volvemos a adquirir el look original, que aunque nos aburría, al menos nos hacía parecer peinadas y decentes. Las más arriesgadas dirán también que todo gran cambio es una lotería: mientras más nos la juguemos, más chances de triunfar tenemos, mayor posibilidad de un mejor el resultado, pero como en todos los casinos, la gran mayoría de las veces se pierde, y no sólo plata o tiempo, sino también, y lo que es mucho peor, por hacernos las modernos muchas veces perdemos la dignidad.

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