La parte oscura de viajar: el
equipaje
Con
esta notable obsesión de retener/guardar que se presenta en muchas de nosotras,
hacer la valija es una de las tareas más complejas que podemos encomendarnos.
Muchas veces pareciera que “hacer la valija” es casi un sinónimo de mudar el
placard entero al destino que visitaremos, lo que trae varios inconvenientes en
su traslado, costos extras; para las que viajan con con su pareja, hay algo
todavía peor: la insistente voz del compañero de viaje diciendo “no usaste nada
de lo que trajiste”. El precioso hobby de viajar puede convertirse en una
pesadilla sino administramos responsable y efectivamente la selección de bienes
que viajarán con uno a donde quiera que nos vayamos. Son tres las actitudes que
podemos tener al respecto:
a- La
valija como un barril sin fondo
Las
mujeres tendemos a apegarnos a las personas y a las cosas, con mucha más
frecuencia que los hombres. Por eso, es normal, que a la hora de hacer las
maletas nos cueste elegir entre
algunos entre nuestros bienes para que nos acompañen de travesía.
Reflexionemos cuales son las variables en las que pensamos antes de ponernos a
organizar un bolso de viaje. En líneas generales pensamos en ropa cómoda,
adecuada al clima, ropa informal, formal, para hacer deporte, ropa interior,
elementos cosméticos y farmaceúticos, calzado y entretenimiento (lecturas,
juegos, etc). Pero esas categorías aparentemente acotadas, se bifurcan y
multiplican de una manera asombrosa a la hora de ponerse a empacar para una
travesía. La pregunta movilizadora es ¿qué pasa sí…?, y al terminar de enunciar
todos los “que pasa sí” terminamos con la valija llena, el placard vacío y la
cabeza cansada.
Por
ejemplo: te vas de vacaciones a una playa siete días. Lo primero que ponés es
la bikini. Aunque no hay una moda para mallas, simplemente están las que te
favorecen y las que no, lo más convienente una vez que encontrás una que te
haga el favor, tarea difícil si las hay, lo óptimo sería usar la misma bikini
justiciera hasta el hartazgo, y si tus atributos sufren una mejora drástica, lo
mejor es comprar el mismo modelo varias veces para sostener el milagro. Sin
embargo, nunca llevamos sólo una malla, e insistimos con tener al mínimo tres,
para cuando una se esté secando usar la otra, otra para no cansarse de usar la
misma, y otra en el improbable caso de perder una barrenando una ola, o que se
te vuele en un principio de un huracán, aunque bien vos sabés que sólo una de
las tres es la mejor te queda, y en definitiva siempre es la que terminás usando
siempre. Les sumas pareos y pañuelos, y aunque funcionalmente uno sería
suficiente, cargas tres, uno que combine con cada traje de baño, y sumás tres
más que no hacen juego con ninguno, pero son los que más te gustan y está bueno
tenerlos allá por las dudas y usarlos en el cuello si se pone medio
fresquete. A la hora de las
remeras, imprescindible la remera básica blanca de algodón, versión musculosa,
manga corta y manga larga. Idem en negro. Sumas camisas, camisolas y remeras de otros colores y estampados
varios. Una buena musculosa sexy para salir de noche. Otra tranqui y relajada
para la playa. La que te regaló tu madre en Navidad y tus amigas en tu
cumpleaños, que querés estrenar para variar un poco y no salir en las fotos
siempre con la misma ropa. La que tenía puesta cuando conociste a tu novio en
aquel verano del 2004 porque te trae buenos recuerdos. Y no puede faltar tu
musculosa preferida de espalda al aire y tachas, que hace tres años no usás,
pero que estás segura que bronceada te van a dar ganas de mostrar un poco las
carnes. En quince minutos, tenés veintiun remeras apiladas al lado de la cama.
Le sumás dos o tres vestidos para la playa y uno más arregladito. “¿Qué pasa si
justo, por el amigo de tu amiga, las invitan a la fiesta de ricos y famosos de
la temporada?”, pensás. Sumás tu mejor vestido de noche, no vaya a ser que efectivamente
consigas las entradas y tengas que quedarte porque no tenés que ponerte. Habías
dicho que no llevarías nada de
accesorios, pero te embalaste con eso de la fiesta top, y agregás tu más
llamativo collar, un colgante más naive
para diario, cinco pares de aros
(total casi no ocupan lugar), todos tus anillos (que metés a la manchancha entre
los bultos y después te cuesta un perú encontrarlos), pulseras de colores
varios para armar conjunto, vinchas y prensas para el pelo.
¡Y
que decir de los zapatos!, mi peor debilidad, tanto a la hora de comprar como a
la hora de empacar. Para empezar, típico, las sandalias negras que más estás
usando en la temporada, que tenés encarnadas desde que te las compraste, miden
quince centimetros y te ocupan más de la mitad de la valija, pero igual no
dudás en llevarlas porque aunque nunca nada con un taco de quince centímetros
puede ser cómodo, al menos te permiten terminar con dignidad una noche sin
tener que sentarte o arrastrarte apoyandote en todos los autos del
estacionamiento hasta llegar al tuyo . Luego hay que sumarle, las zapatillas
(por si en algún momento te agarra el cargo de conciencia por estar leudando
sin control y te ponés a hacer algún deporte), las ojotas (dos o tres de
acuerdo a los conjuntos que puedas armar entre las bikinis, los pareos y la
ropa de playa), un calzado cómodo pero arreglado para todos los días, y otro de
noche para el evento del jet set donde ya te convenciste asistirías (aunque
seguro no conseguís entrar después). No sabés cuando las usarás, pero agregás
esas sandalistas “divinas” de tiras y cordones fucsias, naranjas, verde limón,
dorado y rojo con mostacillas marrones y moños azul, que compraste el año
pasado, por las dudas si encontrás por primera vez algo con que usarlas sin
parecer un cómic japonés. Todavía no sumaste pantalones, shorts, ni pollera, ni
abrigo, ni ropa interior ni cosméticos, pero ya llenaste la valija, por lo que
decidís sacar tus sandalias negras del bolso y viajar con ellas para hacer algo
más de lugar.
No
dudas un instante y añadís tu jean preferido (seguramente es el más cómodo y
gastado) y uno más sexy y ajustado para salir de noche. No podés olvidarte tu
pantalón blanco ni el negro, y sumás el verde fluor, de última moda en todo el
globo, tan visto y quemado, que querés usar antes de que llevarlo esté
prohibido. Adicionas una pollera de jean y otra estampada corta, más un
pollerón floreado que no puede faltarte este verano. También el short de jean y
otro de playa. Si ya empacaste las zapatillas, te ves obligada a acarrear la
ropa de gimnasia también. “¿Y si llueve?
Ojalá que no”, decís en silencio, aunque incorporás tu piloto, el paraguas
y las botas de lluvia, que aunque ocupan muchísimo lugar, las llevás igual
porque te volvés a enamorar del estampado de mini paragûitas que tienen y te da
lástima lo poco que las has usado este año por la sequía de tu ciudad. De
abrigo, por las dudas, sumás tu campera de jean, un sweater de todos los
colores clásicos y tu cazadora de cuero que se volvió a poner de moda. La
campera de cuero no puede faltarte, y agregás un buzo de algodón para llevar a
la playa por si se levanta un vientito. Vés a tu tapadito de piel artificial
animal print estilo “Su Gimenez” colgado, tan lindo él, y también lo sumás, no vaya a ser que
justo te agarre un temporal.
A
esta altura ya tuviste que agregar otro bulto más, porque una sola maleta no
fue suficiente para tanta indumentaria. Sumás también tu ropa interior,
incluyendo cómodas bombachas de algodón y alguna que otra sexy, corpiños relax
y alguno que otro con efecto push up, camisón y pijama manga larga más un par
de medias (en caso de que haga frío). Para concluir, llevás todos los
implementos cosméticos (delineador, pintura de labios, rubir, protector solar
de cara, cuerpo y labios, crema para peinar, toallitas, etc…) y farmacéuticos
(remedios, curitas, ungüentos, kit de primeros auxilios, laxante para la
constipación y pastillas de carbón para la diarrea, etc…) para sobrevivir lejos
de tu hogar. Emprendes una lucha cuerpo a cuerpo con las dos turgentes valijas,
saltando encima de ellas de cola en caída libre, agradeciendo por primera vez
en la vida algún beneficio de un culazo de tu porte, golpeandolas a codazos y rodillazos limpios, hasta que
finalmente lográs cerrarlas. En tu cartera, agregás al túntún tu reproductor de
mp3, tu computadora (“no vaya a ser que ocurra algún imprevisto en el
trabajo”), tu protector bucal, tus chicles favoritos (“por si allá no los
venden”), los puchos (“los de afuera siempre son distintos a los nacionales”)
tres libros que compraste especialmente para leer en las vacaciones y dos pares
de lentes de sol para variar según el atuendo, y ya te sentís feliz y lista
para la aventura.
Llamás
a un taxi, y después de acomodar tus dos maxi valijas y el bolso de mano en el
auto, porque el baúl está ocupado por el tanque de gas, lográs encajarte entre
la caja de cambios y el medio entre el asiento del conductor y acompañante.
Arribás al aeropuerto sana y salva con todas tus propiedades, y arrastrás de a
poco cada uno de los bultos durante los casi dos kilómetros que hay que
atravesar hasta el check in, mientras
la gente mira lo “ingeniosa” que es está chica que arrastra con el pie las dos
valijas mientras calza en un brazo un bolso de mano y en el otro una cartera
generosa. Con algo de retrazo por
tanto forcejeo y toda transpirada, llegás al counter de la aerolínea justo
antes del último llamado para tu vuelo, te registrás y te anoticias que debés
pagar la misma suma del pasaje en sobrepeso, porque justo ese mes cambiaron las
condiciones y sólo te permiten llevar una valija de 15 kilos y no dos de 22. No
teniendo otra opción, usás el dinero que tenías reservado para “darte un
gustito” y pagás lo correspondiente por tus pesados pecados. Pensando que ya
pasó lo más difícil, comenzás a darte cuenta del craso error que fue viajar con
los tacos “divinos”, porque ahora que ya pasó el estrés, te encontrás
rengueando, llena de ampollas y lastimaduras por transitar tal longitud cargando
peso muerto por cuadras y cuadras en unos poco prácticos pero monísimos
zapatos, que no podés volver a usar sin gritar de dolor, hasta dos semanas después
de finalizado tu receso, y te ves obligada a pasar todas tus vacaciones en tu
honesto metro cincuenta y siete, por tener que andar en pata o a lo sumo en
ojotas cuando lo amerita el decoro.
Las
complicaciones con el equipaje continúan en cada traslado y, antes de llegar al
hotel, ya estás jurando que la próxima vez viajarás sólo con un bolso de mano,
sobre todo después de darte cuenta que se te reventó en el bolso la crema de
enjuague y todas tus prendas huelen a uva y tienen manchas violetas.
A
pesar de los inconvenientes de arribo, la estadía transcurre tranquila pero
feliz. Obvio que nunca consiguieron entradas para la fiesta vip, ni tampoco
coincidieron con ningún grupo de solteros apuestos alocados, lo que agradecés
dada tu condición de casi liciada por las ampollas en los pies y por no tener
nada que ponerte que no esté manchado por el accidente cosmético. Antes de
volver te das cuenta que sólo usaste una bikini, un par de ojotas, dos
vestidos, un pareo, el protector solar y el cepillo de dientes, porque todo lo
que hiciste fue comer, dormir y tirarse panza arriba al sol, y ni abriste un libro,
ni continuaste el tratamiento de la crema anticelulitica de masajes dos veces
al día, ni prendiste la computadora, ni tuviste que maquillarte ni
desmaquillarte.
Aún
hay una consecuencia más cruel para las que padecen de este vicio: cómo tienen
la valija llena, allí donde estén, no pueden comprar nada más, aunque los
precios parezcan un chiste de baratos, y se la pasan torturandosé pensando qué
van a tener que dejar, para hacer algo de lugar. Sumar otro bulto a tan colosal
peso no es una opción y tampoco
tienen ganas de abandonar ninguna de las prendas que trasladaron, porque
obviamente no empacaron ropa vieja con fecha de vencimiento, sino la mejor que
tenían. Por lo que, por general, aunque les regalen las cosas, este tipo de
mujeres no compra nada más, aunque muera por hacerlo.
Después
de pasar de largo intentando cerrar la valija, porque aunque casi nada usaron, todo
se desacomodó como a propósito, decidís llamar al piletero del hotel, un gordo
de casi dos metros, 200 kilos y diez comidas diarias, para que con su fuerza
descomunal, intente contener este indisciplinado aquelarre de prendas, que se
escapan por los costados. Por suerte, el grandote logra su cometido (no sin
antes tener que ponerte los dos sweater que llevaste y tu campera de cuero
porque no entran en otro bolso a pesar de los 40 grados que hacen afuera) y
además te ubica las valijas en un auto que te lleva hacia el aeropuerto. Por
tan frondoso equipaje, te demoran en la aduana por sospecha de contrabando, a
la vez que confunden tu kit de peluquería con material armamentístico. Te
desmayas por el estrés y por estar abrigada para la nieve en plena selva
tropical; casi perdés el vuelo, aunque justo a tiempo, te liberán del
interrogatorio sin antes pagar una multa por los kilos extras, y volvés a tomar
el avión de regreso, a donde ya sabés, debes abonar nuevamente el exceso de
equipaje. Regresás a tu país y a pesar (o a causa) de tus ruegos de que por
favor no abran las maletas, los inspectores de aduana revisan cada una de las
valijas, dispersando tus bombachas sucias, tu ropa y tus chancletas a lo largo
de todo el mostrador, buscando alguna compra en el exterior sobre lo que
cobrarte impuestos, las que no encuentran, devolviendote todo hecho un bollo.
Estás cansada, molesta y enojadísima. Desde que saliste de tu casa seguís
convencida de la decisión: para el año que viene de viajar liviano, pase lo que
pase. Convencimiento que te dura hasta que te ponés de nuevo a armar otra
valija…
b- El inmaduro síndrome de la desprendida
Hartas
de vivenciar en carne propia tantos trasiegos y las contrariedades propias del
exceso de equipaje, muchas de nosotras caemos en el “síndrome de la
desprendida”, afección que se basa en la fijación obsesiva por viajar con menos
de lo mínimo indispensable. Al respecto
de esta postura, el escritor y piloto Saint Exupery a hecho famosas
estas palabras: “Aquel que quiere viajar feliz, debe viajar ligero” (aunque,
entre nosotros, antes de su trágica muerte piloteando un avión francés en la
Segunda Guerra Mundial, casi muere deshidratado en el Sahara por caerse su avión
y no llevar líquido ni bitoallas) . A pesar del consejo de Exupery (el cual no
comparto), esta alteración también acarreará consecuencias en el ámbito de
nuestra salud física y psíquica, aunque tardarán en hacerse notar, ya que al
comienzo del viaje, el “síndrome de la desprendida” no hace más que producirnos
satisfacción: una viaja con una micromochila donde cargas la billetera, un
libro, cepillo de dientes, protector solar y unos chicles, y un bolso de mano
que almacena dos bikinis, un par
de ojotas, dos vestiditos de playa, un short, una solerita, dos bombachas y un
corpiño. Te sentís liviana como una sílfide, ecológica como una hippie y
desestructurada como una adolescente. Dejaste en tu casa tus cremas (las de
día, las de noche, la de los granitos y erupciones, las de la celulitis), tus
productos capilares (total, usas los del hotel, pensás) tus prendas preferidas,
tus remedios y tus infaltables tacos, porque decidiste que te ibas de
vacaciones y que ibas a descansar de todo, hasta dejaste la agenda, la compu y
el celular en tu casa para desconectarte. Subís al ónmibus/ tren/ avión/auto y
sentís que has superado a la mujer que eras conviertiendote en un ser superior
sin necesidades caprichosas, que has sobrellevado todo las tentaciones de esta
sociedad capitalista, que ya no sos presa de ninguna tendencia de la moda ni
del consumo y que sos la dueña de tu vida. “Uno
es lo que es, no lo que tiene (en su valija)”, repetís satisfecha mientras
te sentís más libre que un pájaro.
Las
dificultades inician una vez que ya nos encontramos en el destino cuando, por
ejemplo, te noticias que deberás lavar tu pelo con jabón líquido por los
próximos catorce días, porque ese es el único complemento que ofrece el hotel y
el almacén de ramos generales queda a hora y media en burro, y no querés
pedirle shampoo al vecino porque ya le pediste la pasta de diente, que tampoco
habías llevado. Lográs sobreponerte del primer obstáculo y te dispones a
disfrutar de tu estadía y cuando salís a disfrutar las horas al aire libre, el
cielo se muestra más negro que el infierno y se larga el temporal más largo del
año, con piedras y frío polar incluido, vos que justo querías disfrutar del
verano panza arriba tomando sol. Como con la solerita y las ojotas que llevaste
te cagas de frío, salís tapada a todos lados con las toallas de la habitación,
que son el único abrigo que tenés a mano, a realizar el único programa decente
que se puede hacer con ese clima: comer, con lo que le sumas a tu cuerpo cinco
mil calorías por sentada, y sin ninguna culpa, porque te hacen entrar en calor.
Hace tanto frío que tampoco se te secan las bombachas que lavas todos los días
turnando las dos que llevaste, por lo que encima tenés que andar siempre con el
calzón mojado, porque por supuesto, fiel a tu plan, ni se te ocurrió llevar secador
de pelo.
Hasta
que el sol vuelve a reinar, pasan cinco días en los cuales engordaste cuatro kilos,
y ahora que querés ponerte la malla para disfrutar del agua, te ves en el
espejo y te lo prohibis, ya que dentro de la bikini pareces una ballena albina encinta
y tu pelo, después de una semana a detergente, parece un ramillete de paja de pesebre. Por si fuera poco,
la sobredosis calórica que te mandaste, te produce una reacción alérgica en la
cara y lo único que todavía parecía flaco en tu cuerpo, la nariz, se te hincha
junto a los cachetes, la boca y los párpados, y no tenés a disposición ninguna
de las cremitas tuyas para paliar la situación. En ese estado, los pocos amigos
que te hiciste te invitan a cenar al balcón de uno de ellos, y vos te presentás
blanca, brotada y gorda adentro de los “cómodos” vestiditos de playa que
llevaste y calzando tus “relajadas” ojotas, pareciendo una de las niñas pobre
de alguna novelita de Cris Morena, mientras las otras invitadas se muestran
esplendorosas en sus vestidos de noche, sus joyas y sus altos tacos. Te volvés
temprano convencida de que no levantaste ni levantarías ni sospecha. Te metés
en la cama y encima no tenés que leer, porque ya te leíste el libro que
llevaste tres veces seguidas y el menú del hotel y el listado de los canales de
televisión, aunque están en otro idioma.
Tampoco tenés celular, ni compu, ni música ni nada, por lo que pasas la
noche viendo películas traducidas a otro idioma que no es el tuyo, hasta que te
dormís sin darte cuenta y despertás a mitad de la noche de un susto por el
grito de la actriz porno de la película que está pasando a altas horas de la
noche el canal que dejaste prendido sin querer.
El
relato es sólo un muestreo de todo lo que nos puede suceder con eso de hacernos
la chica de moderna de paquete liviano. Mejor cargar unos kilos de más y no
arruinarse la vida en el intento de hacernos pasar por “Peperina” ni alguna
otra hippie despreocupada.

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