lunes, 1 de junio de 2015

Bolsos, bolzasos, bolsitas y otros bultos (II - Segunda Parte)

La parte oscura de viajar: el equipaje

Con esta notable obsesión de retener/guardar que se presenta en muchas de nosotras, hacer la valija es una de las tareas más complejas que podemos encomendarnos. Muchas veces pareciera que “hacer la valija” es casi un sinónimo de mudar el placard entero al destino que visitaremos, lo que trae varios inconvenientes en su traslado, costos extras; para las que viajan con con su pareja, hay algo todavía peor: la insistente voz del compañero de viaje diciendo “no usaste nada de lo que trajiste”. El precioso hobby de viajar puede convertirse en una pesadilla sino administramos responsable y efectivamente la selección de bienes que viajarán con uno a donde quiera que nos vayamos. Son tres las actitudes que podemos tener al respecto:


a- La valija como un barril sin fondo
Las mujeres tendemos a apegarnos a las personas y a las cosas, con mucha más frecuencia que los hombres. Por eso, es normal, que a la hora de hacer las maletas nos cueste elegir entre  algunos entre nuestros bienes para que nos acompañen de travesía. Reflexionemos cuales son las variables en las que pensamos antes de ponernos a organizar un bolso de viaje. En líneas generales pensamos en ropa cómoda, adecuada al clima, ropa informal, formal, para hacer deporte, ropa interior, elementos cosméticos y farmaceúticos, calzado y entretenimiento (lecturas, juegos, etc). Pero esas categorías aparentemente acotadas, se bifurcan y multiplican de una manera asombrosa a la hora de ponerse a empacar para una travesía. La pregunta movilizadora es ¿qué pasa sí…?, y al terminar de enunciar todos los “que pasa sí” terminamos con la valija llena, el placard vacío y la cabeza cansada.

Por ejemplo: te vas de vacaciones a una playa siete días. Lo primero que ponés es la bikini. Aunque no hay una moda para mallas, simplemente están las que te favorecen y las que no, lo más convienente una vez que encontrás una que te haga el favor, tarea difícil si las hay, lo óptimo sería usar la misma bikini justiciera hasta el hartazgo, y si tus atributos sufren una mejora drástica, lo mejor es comprar el mismo modelo varias veces para sostener el milagro. Sin embargo, nunca llevamos sólo una malla, e insistimos con tener al mínimo tres, para cuando una se esté secando usar la otra, otra para no cansarse de usar la misma, y otra en el improbable caso de perder una barrenando una ola, o que se te vuele en un principio de un huracán, aunque bien vos sabés que sólo una de las tres es la mejor te queda, y en definitiva siempre es la que terminás usando siempre. Les sumas pareos y pañuelos, y aunque funcionalmente uno sería suficiente, cargas tres, uno que combine con cada traje de baño, y sumás tres más que no hacen juego con ninguno, pero son los que más te gustan y está bueno tenerlos allá por las dudas y usarlos en el cuello si se pone medio fresquete.  A la hora de las remeras, imprescindible la remera básica blanca de algodón, versión musculosa, manga corta y manga larga. Idem en negro. Sumas camisas, camisolas  y remeras de otros colores y estampados varios. Una buena musculosa sexy para salir de noche. Otra tranqui y relajada para la playa. La que te regaló tu madre en Navidad y tus amigas en tu cumpleaños, que querés estrenar para variar un poco y no salir en las fotos siempre con la misma ropa. La que tenía puesta cuando conociste a tu novio en aquel verano del 2004 porque te trae buenos recuerdos. Y no puede faltar tu musculosa preferida de espalda al aire y tachas, que hace tres años no usás, pero que estás segura que bronceada te van a dar ganas de mostrar un poco las carnes. En quince minutos, tenés veintiun remeras apiladas al lado de la cama. Le sumás dos o tres vestidos para la playa y uno más arregladito. “¿Qué pasa si justo, por el amigo de tu amiga, las invitan a la fiesta de ricos y famosos de la temporada?”, pensás. Sumás tu mejor vestido de noche, no vaya a ser que efectivamente consigas las entradas y tengas que quedarte porque no tenés que ponerte. Habías dicho que no  llevarías nada de accesorios, pero te embalaste con eso de la fiesta top, y agregás tu más llamativo collar, un colgante más naive para diario,  cinco pares de aros (total casi no ocupan lugar), todos tus anillos (que metés a la manchancha entre los bultos y después te cuesta un perú encontrarlos), pulseras de colores varios para armar conjunto, vinchas y prensas para el pelo.



¡Y que decir de los zapatos!, mi peor debilidad, tanto a la hora de comprar como a la hora de empacar. Para empezar, típico, las sandalias negras que más estás usando en la temporada, que tenés encarnadas desde que te las compraste, miden quince centimetros y te ocupan más de la mitad de la valija, pero igual no dudás en llevarlas porque aunque nunca nada con un taco de quince centímetros puede ser cómodo, al menos te permiten terminar con dignidad una noche sin tener que sentarte o arrastrarte apoyandote en todos los autos del estacionamiento hasta llegar al tuyo . Luego hay que sumarle, las zapatillas (por si en algún momento te agarra el cargo de conciencia por estar leudando sin control y te ponés a hacer algún deporte), las ojotas (dos o tres de acuerdo a los conjuntos que puedas armar entre las bikinis, los pareos y la ropa de playa), un calzado cómodo pero arreglado para todos los días, y otro de noche para el evento del jet set donde ya te convenciste asistirías (aunque seguro no conseguís entrar después). No sabés cuando las usarás, pero agregás esas sandalistas “divinas” de tiras y cordones fucsias, naranjas, verde limón, dorado y rojo con mostacillas marrones y moños azul, que compraste el año pasado, por las dudas si encontrás por primera vez algo con que usarlas sin parecer un cómic japonés. Todavía no sumaste pantalones, shorts, ni pollera, ni abrigo, ni ropa interior ni cosméticos, pero ya llenaste la valija, por lo que decidís sacar tus sandalias negras del bolso y viajar con ellas para hacer algo más de lugar.

No dudas un instante y añadís tu jean preferido (seguramente es el más cómodo y gastado) y uno más sexy y ajustado para salir de noche. No podés olvidarte tu pantalón blanco ni el negro, y sumás el verde fluor, de última moda en todo el globo, tan visto y quemado, que querés usar antes de que llevarlo esté prohibido. Adicionas una pollera de jean y otra estampada corta, más un pollerón floreado que no puede faltarte este verano. También el short de jean y otro de playa. Si ya empacaste las zapatillas, te ves obligada a acarrear la ropa de gimnasia también. “¿Y si llueve? Ojalá que no”, decís en silencio, aunque incorporás tu piloto, el paraguas y las botas de lluvia, que aunque ocupan muchísimo lugar, las llevás igual porque te volvés a enamorar del estampado de mini paragûitas que tienen y te da lástima lo poco que las has usado este año por la sequía de tu ciudad. De abrigo, por las dudas, sumás tu campera de jean, un sweater de todos los colores clásicos y tu cazadora de cuero que se volvió a poner de moda. La campera de cuero no puede faltarte, y agregás un buzo de algodón para llevar a la playa por si se levanta un vientito. Vés a tu tapadito de piel artificial animal print estilo “Su Gimenez” colgado, tan lindo él, y  también lo sumás, no vaya a ser que justo te agarre un temporal.


A esta altura ya tuviste que agregar otro bulto más, porque una sola maleta no fue suficiente para tanta indumentaria. Sumás también tu ropa interior, incluyendo cómodas bombachas de algodón y alguna que otra sexy, corpiños relax y alguno que otro con efecto push up, camisón y pijama manga larga más un par de medias (en caso de que haga frío). Para concluir, llevás todos los implementos cosméticos (delineador, pintura de labios, rubir, protector solar de cara, cuerpo y labios, crema para peinar, toallitas, etc…) y farmacéuticos (remedios, curitas, ungüentos, kit de primeros auxilios, laxante para la constipación y pastillas de carbón para la diarrea, etc…) para sobrevivir lejos de tu hogar. Emprendes una lucha cuerpo a cuerpo con las dos turgentes valijas, saltando encima de ellas de cola en caída libre, agradeciendo por primera vez en la vida algún beneficio de un culazo de tu porte,  golpeandolas a codazos y rodillazos limpios, hasta que finalmente lográs cerrarlas. En tu cartera, agregás al túntún tu reproductor de mp3, tu computadora (“no vaya a ser que ocurra algún imprevisto en el trabajo”), tu protector bucal, tus chicles favoritos (“por si allá no los venden”), los puchos (“los de afuera siempre son distintos a los nacionales”) tres libros que compraste especialmente para leer en las vacaciones y dos pares de lentes de sol para variar según el atuendo, y ya te sentís feliz y lista para la aventura.

Llamás a un taxi, y después de acomodar tus dos maxi valijas y el bolso de mano en el auto, porque el baúl está ocupado por el tanque de gas, lográs encajarte entre la caja de cambios y el medio entre el asiento del conductor y acompañante. Arribás al aeropuerto sana y salva con todas tus propiedades, y arrastrás de a poco cada uno de los bultos durante los casi dos kilómetros que hay que atravesar hasta el check in, mientras la gente mira lo “ingeniosa” que es está chica que arrastra con el pie las dos valijas mientras calza en un brazo un bolso de mano y en el otro una cartera generosa.  Con algo de retrazo por tanto forcejeo y toda transpirada, llegás al counter de la aerolínea justo antes del último llamado para tu vuelo, te registrás y te anoticias que debés pagar la misma suma del pasaje en sobrepeso, porque justo ese mes cambiaron las condiciones y sólo te permiten llevar una valija de 15 kilos y no dos de 22. No teniendo otra opción, usás el dinero que tenías reservado para “darte un gustito” y pagás lo correspondiente por tus pesados pecados. Pensando que ya pasó lo más difícil, comenzás a darte cuenta del craso error que fue viajar con los tacos “divinos”, porque ahora que ya pasó el estrés, te encontrás rengueando, llena de ampollas y lastimaduras por transitar tal longitud cargando peso muerto por cuadras y cuadras en unos poco prácticos pero monísimos zapatos, que no podés volver a usar sin gritar de dolor, hasta dos semanas después de finalizado tu receso, y te ves obligada a pasar todas tus vacaciones en tu honesto metro cincuenta y siete, por tener que andar en pata o a lo sumo en ojotas cuando lo amerita el decoro.

Las complicaciones con el equipaje continúan en cada traslado y, antes de llegar al hotel, ya estás jurando que la próxima vez viajarás sólo con un bolso de mano, sobre todo después de darte cuenta que se te reventó en el bolso la crema de enjuague y todas tus prendas huelen a uva y tienen manchas violetas.

A pesar de los inconvenientes de arribo, la estadía transcurre tranquila pero feliz. Obvio que nunca consiguieron entradas para la fiesta vip, ni tampoco coincidieron con ningún grupo de solteros apuestos alocados, lo que agradecés dada tu condición de casi liciada por las ampollas en los pies y por no tener nada que ponerte que no esté manchado por el accidente cosmético. Antes de volver te das cuenta que sólo usaste una bikini, un par de ojotas, dos vestidos, un pareo, el protector solar y el cepillo de dientes, porque todo lo que hiciste fue comer, dormir y tirarse panza arriba al sol, y ni abriste un libro, ni continuaste el tratamiento de la crema anticelulitica de masajes dos veces al día, ni prendiste la computadora, ni tuviste que maquillarte ni desmaquillarte.

Aún hay una consecuencia más cruel para las que padecen de este vicio: cómo tienen la valija llena, allí donde estén, no pueden comprar nada más, aunque los precios parezcan un chiste de baratos, y se la pasan torturandosé pensando qué van a tener que dejar, para hacer algo de lugar. Sumar otro bulto a tan colosal peso no es una opción y tampoco  tienen ganas de abandonar ninguna de las prendas que trasladaron, porque obviamente no empacaron ropa vieja con fecha de vencimiento, sino la mejor que tenían. Por lo que, por general, aunque les regalen las cosas, este tipo de mujeres no compra nada más, aunque muera por hacerlo.


Después de pasar de largo intentando cerrar la valija, porque aunque casi nada usaron, todo se desacomodó como a propósito, decidís llamar al piletero del hotel, un gordo de casi dos metros, 200 kilos y diez comidas diarias, para que con su fuerza descomunal, intente contener este indisciplinado aquelarre de prendas, que se escapan por los costados. Por suerte, el grandote logra su cometido (no sin antes tener que ponerte los dos sweater que llevaste y tu campera de cuero porque no entran en otro bolso a pesar de los 40 grados que hacen afuera) y además te ubica las valijas en un auto que te lleva hacia el aeropuerto. Por tan frondoso equipaje, te demoran en la aduana por sospecha de contrabando, a la vez que confunden tu kit de peluquería con material armamentístico. Te desmayas por el estrés y por estar abrigada para la nieve en plena selva tropical; casi perdés el vuelo, aunque justo a tiempo, te liberán del interrogatorio sin antes pagar una multa por los kilos extras, y volvés a tomar el avión de regreso, a donde ya sabés, debes abonar nuevamente el exceso de equipaje. Regresás a tu país y a pesar (o a causa) de tus ruegos de que por favor no abran las maletas, los inspectores de aduana revisan cada una de las valijas, dispersando tus bombachas sucias, tu ropa y tus chancletas a lo largo de todo el mostrador, buscando alguna compra en el exterior sobre lo que cobrarte impuestos, las que no encuentran, devolviendote todo hecho un bollo. Estás cansada, molesta y enojadísima. Desde que saliste de tu casa seguís convencida de la decisión: para el año que viene de viajar liviano, pase lo que pase. Convencimiento que te dura hasta que te ponés de nuevo a armar otra valija…


b-  El inmaduro síndrome de la desprendida

Hartas de vivenciar en carne propia tantos trasiegos y las contrariedades propias del exceso de equipaje, muchas de nosotras caemos en el “síndrome de la desprendida”, afección que se basa en la fijación obsesiva por viajar con menos de lo mínimo indispensable. Al respecto  de esta postura, el escritor y piloto Saint Exupery a hecho famosas estas palabras: “Aquel que quiere viajar feliz, debe viajar ligero” (aunque, entre nosotros, antes de su trágica muerte piloteando un avión francés en la Segunda Guerra Mundial, casi muere deshidratado en el Sahara por caerse su avión y no llevar líquido ni bitoallas) . A pesar del consejo de Exupery (el cual no comparto), esta alteración también acarreará consecuencias en el ámbito de nuestra salud física y psíquica, aunque tardarán en hacerse notar, ya que al comienzo del viaje, el “síndrome de la desprendida” no hace más que producirnos satisfacción: una viaja con una micromochila donde cargas la billetera, un libro, cepillo de dientes, protector solar y unos chicles, y un bolso de mano que  almacena dos bikinis, un par de ojotas, dos vestiditos de playa, un short, una solerita, dos bombachas y un corpiño. Te sentís liviana como una sílfide, ecológica como una hippie y desestructurada como una adolescente. Dejaste en tu casa tus cremas (las de día, las de noche, la de los granitos y erupciones, las de la celulitis), tus productos capilares (total, usas los del hotel, pensás) tus prendas preferidas, tus remedios y tus infaltables tacos, porque decidiste que te ibas de vacaciones y que ibas a descansar de todo, hasta dejaste la agenda, la compu y el celular en tu casa para desconectarte. Subís al ónmibus/ tren/ avión/auto y sentís que has superado a la mujer que eras conviertiendote en un ser superior sin necesidades caprichosas, que has sobrellevado todo las tentaciones de esta sociedad capitalista, que ya no sos presa de ninguna tendencia de la moda ni del consumo y que sos la dueña de tu vida. “Uno es lo que es, no lo que tiene (en su valija)”, repetís satisfecha mientras te sentís más libre que un pájaro.

Las dificultades inician una vez que ya nos encontramos en el destino cuando, por ejemplo, te noticias que deberás lavar tu pelo con jabón líquido por los próximos catorce días, porque ese es el único complemento que ofrece el hotel y el almacén de ramos generales queda a hora y media en burro, y no querés pedirle shampoo al vecino porque ya le pediste la pasta de diente, que tampoco habías llevado. Lográs sobreponerte del primer obstáculo y te dispones a disfrutar de tu estadía y cuando salís a disfrutar las horas al aire libre, el cielo se muestra más negro que el infierno y se larga el temporal más largo del año, con piedras y frío polar incluido, vos que justo querías disfrutar del verano panza arriba tomando sol. Como con la solerita y las ojotas que llevaste te cagas de frío, salís tapada a todos lados con las toallas de la habitación, que son el único abrigo que tenés a mano, a realizar el único programa decente que se puede hacer con ese clima: comer, con lo que le sumas a tu cuerpo cinco mil calorías por sentada, y sin ninguna culpa, porque te hacen entrar en calor. Hace tanto frío que tampoco se te secan las bombachas que lavas todos los días turnando las dos que llevaste, por lo que encima tenés que andar siempre con el calzón mojado, porque por supuesto, fiel a tu plan, ni se te ocurrió llevar secador de pelo.

Hasta que el sol vuelve a reinar, pasan cinco días en los cuales engordaste cuatro kilos, y ahora que querés ponerte la malla para disfrutar del agua, te ves en el espejo y te lo prohibis, ya que dentro de la bikini pareces una ballena albina encinta y tu pelo, después de una semana a detergente,  parece un ramillete de paja de pesebre. Por si fuera poco, la sobredosis calórica que te mandaste, te produce una reacción alérgica en la cara y lo único que todavía parecía flaco en tu cuerpo, la nariz, se te hincha junto a los cachetes, la boca y los párpados, y no tenés a disposición ninguna de las cremitas tuyas para paliar la situación. En ese estado, los pocos amigos que te hiciste te invitan a cenar al balcón de uno de ellos, y vos te presentás blanca, brotada y gorda adentro de los “cómodos” vestiditos de playa que llevaste y calzando tus “relajadas” ojotas, pareciendo una de las niñas pobre de alguna novelita de Cris Morena, mientras las otras invitadas se muestran esplendorosas en sus vestidos de noche, sus joyas y sus altos tacos. Te volvés temprano convencida de que no levantaste ni levantarías ni sospecha. Te metés en la cama y encima no tenés que leer, porque ya te leíste el libro que llevaste tres veces seguidas y el menú del hotel y el listado de los canales de televisión, aunque están en otro idioma.  Tampoco tenés celular, ni compu, ni música ni nada, por lo que pasas la noche viendo películas traducidas a otro idioma que no es el tuyo, hasta que te dormís sin darte cuenta y despertás a mitad de la noche de un susto por el grito de la actriz porno de la película que está pasando a altas horas de la noche el canal que dejaste prendido sin querer.

El relato es sólo un muestreo de todo lo que nos puede suceder con eso de hacernos la chica de moderna de paquete liviano. Mejor cargar unos kilos de más y no arruinarse la vida en el intento de hacernos pasar por “Peperina” ni alguna otra hippie despreocupada.




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