El “choto” chat
No quiero dejar de
mencionar el “chat”, esa posibilidad que llegó primero en forma de ICQ, después
de chat comunitario en el portal de turno, en Messenger, en chat de Facebook y
finalmente en chat de Blackberry y luego en formato de Whatsapp, y que hoy es
una de las principales fuentes de cortejo elegidas por el hombre.
Con el chat terminamos por
corromper la pureza del lenguaje y todo lo romántico alrededor del arte de la
conquista. ¿Se te ocurre hoy año 2015 un chico llamándote para invitarte a
salir? Olvidate, todo se resuelve en el chat:
-Q haces hoy?
- Nada
-¿Salimos?
-Ok. Hora?
- 23 hs.
-Ok
Y en esto se resume lo que
a doncellas y caballeros les llevaba meses en idear, meses en conseguir el
permiso y otros meses más coordinar el encuentro, al que los protagonistas
llegaban desfallecidos de ansiedad luego de tanta espera.
Quien no tiene celular hoy
en día, esta exento de dispositivo de contacto más inmediato y de mayor
posibilidad de lenguajes posible: por chat hoy mandás una foto, un video, un
mensaje de voz, un texto… Sin embargo, en vez de usar estas herramientas a
nuestro favor seguimos maltratando el lenguaje y sus posibilidades
comunicativas. En Blackberry Messenger existía el “Ping”, una vibración que
mandas a otro usuario para llamar su atención. ¿¡Qué es el “Ping”?! ¿Un
empujón? ¿Una cachetada? ¿Una apoyada? Hay gente que me mandaba el “Ping” vacío
y tenés que andarle preguntando que quiere. El ping termina de ejemplificar
este camino en el que nos hemos olvidado del lenguaje, reduciéndolo a
intercambios fríos y primitivos, perdiendo la riqueza y la belleza a la cual
somos capaces de llegar gracias al lenguaje.
Más actual al chat de
Whastapp están los ”emoticones”, un conjunto de signos/ dibujos incluidos en
todo chat decente, que reemplazan (o intentan reemplazar) sentimientos, objetos
o acciones y en cuyo poder comunicativo no creo. Así en vez de decirte, estoy
enojado, te llega una carita amarilla con cara de constipación. En lugar de
ponerte que no hay problema, que está todo bien, te envían un pulgar arriba que
vos no sabes si se refiere a que están de acuerdo con lo que decís o si quieren
que te metas el dedo en el orto. Por chat debe haber mínimo más de 500
emoticones, pero fijensé que la gente usa siempre los mismos.
Todo lo que pasa, pasa en Facebook
Otra aplicación que nos
cambió la vida fue Facebook. Todo el mundo tiene más cuidadito el perfil de
Facebook que la conciencia, no vaya a ser que alguien los visite y tengan
alguna cuestión fuera de lugar. Soy una convencida que podés conocer a una
persona según su foto de perfil: los gatos son gatos en todos lados, pero más
aún en Facebook, y lo mismo pasa con los ñoños, los freakies y pervertidos. En
Facebook, no podés esconder mucho lo que sos. Por eso, antes de salir con
alguien, viene muy bien una visita a su perfil de Facebook, ver sus fotos, los
mensajes dejados en su muro y sus propias intervenciones para tener una primera
y muy certera aproximación del individuo en cuestión.
Como en cualquier
tecnología, hay límites sociales en la frecuencia de uso. Que una mujer pase
más de tres horas diarias en Facebook, no es algo tan preocupante, aunque con
seguridad, estaríamos en presencia o de una chica sin muchos proyectos
personales o de una verdadera chusma. Si el que pasa tres horas conectado a la
red social es un hombre, eso es un tanto más grave, ya que el muchacho pasa a
ser como mínimo un sospechoso de ser un chamuyero virtual empedernido que se
esconde tímidamente detrás de la pantalla. El Facebook da lugar a estos
obsesivos del levante, para que pongan “Me gusta” a cada movimiento virtual que
haces en la red, mientras chatean con otra y le dejan mensajes en el muro a una
tercera. Por suerte, es muy fácil descartarlos: sólo es necesario chequear su
lista de amigos, y si entre los mil contactos, encontrás un hombre de vez en
cuando y por casualidad, estás frente a uno de estos temidos ejemplares, que
adulan en vano y al por mayor.
La obra en construcción como el templo del piropo
Pero que “no pande el
cúnico”, como decía “El Chavo”, todavía existen oasis que preservan lo más
honesto y original del lenguaje romántico frente a tanto dispositivo
electrónico: las obras de construcción. Es verdad que allí no mandan los
códigos y convenciones lingüisticas, ni las reglas sintácticas y ortográficas,
lo que manda es el estímulo creado por la belleza a la que asiste el sujeto, belleza
que le es inabarcable y que debe ponerla en palabras por tanto éxtasis.
La obra en construcción,
gracias a la creatividad e ingenio de sus trabajadores, se han convertido en la
reserva espiritual del arte del cortejo. Aunque a veces sus enunciados rocen lo
pornográfico y la violencia de género, no hay mujer que no se regocija cuando
los muchachos interrumpen la sagrada concentración de la hora del asado sin
ningún esmero de disimulo pero con un respeto que es casi admiración para verla
a una que pasa distraída por la calle. Y sin vergüenza, como machos, rematan
con un “¡adiós mamita!”, con un “¡qué pan dulce Pamela” o con un “¡estás más rica que el dulce de leche!”.
De vez en cuando, esta práctica excede las fronteras de la obra, y nos vemos
sorprendida por hombres de otras profesiones que piropean con la misma
experiencia y soltura, mientras les agradecemos a los albañiles la inspiración.
Somos
las mujeres las principales destinatarias de los mismos. Desde
épocas antiguas venimos escuchado piropos elegantes, bromistas, obscenos,
tiernos y sinvergüenzas, que desde una cortesía y/o galantería informal
recibimos felices, salvo por supuesto, cuando hasta el obrero nota tu gordura y
te tira una como “que rica estás gordita,
te acompaño al Shopping así revelamos todos tus rollos”. En ese caso, no
nos daría nada de gracia, y si yo soy esa triste piropeada, no dudo en entrar a
la obra a gritos con tal defenderme la dignidad. Pero hay que reconocer que
esos casos son los menos, porque la mayoría de las veces los enunciados que se
escuchan en la obra en construcción nos alegran el día, aunque el dueño del
piropo se le vea la raya y le falten algunos dientes. Porque en el mundo de las
obras de construcción hay piropos para todas, y nunca se acaban si los obreros
tienen un buen acceso a la calle para seguir pispeando. Y lo mejor, es que el
piropero no pide nada a cambio, ni atención, ni unas monedas, ni fidelidad, si
no que reparte su arte como un acto de amor desinteresado que nos complace en
lo más íntimo. Además, en Córdoba contamos con el plus de la astucia y
creatividad, por lo que nuestros piropos no sólo nos hacen sentir complacidas,
sino también nos hacen reír con un “¡Epa!… si esa es la
cola…
como estará la película!. Muchas
veces me pregunto porque las agencias de publicidad no van a buscar sus
creativos allí.
Hipersensibilizados con todo el verdadero drama de la
violencia de género en nuestro país, para los más radicales, los piropos fueron
también a caer en la volteada de lo que significa violencia, acusándolos de que
en su concepción, sólo perciben la mujer como un objeto sexual, a mi criterio,
muy injustamente. Personalmente, defiendo convencida la pureza e inocencia de
esta técnica que ha venido forjándose de generación y generación, que se
mantiene intacta en las obras de construcción, y que de vez en cuando se escapa
de su ámbito y nos sorprende cara a cara en un ascensor. ¡Qué lindo que alguien
te mire y te pondere las nalgas que en el espejo ves pálidas y flácidas como
una pasa de uva ! ¡Qué regocijante saber que tu cintura cada día más cuadrada
es una “fiesta de curvas” para estos hombres que la admiran desde la lejanía! Y
si, de vez en cuando es muy regocijante saber que hay hombres por ahí que te
ven como un bombón, como muchas veces lo anuncian, aunque vos te veas con esos
kilitos de más o cultivando el culo con metros de celulitis año a año. Sin
desmerecer el saber de la psicología ni las maravillas que logra una buena
peluquería, cuando andes con la autoestima baja, calzate un short y visita
caminando una obra en construcción: sino recibís al menos un mimo al amor
propio, seguro te robarán una sonrisa que te alegrará el día.

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