lunes, 22 de junio de 2015

Comunicados… o el antiguo arte de expresarnos (Entrega III de III)


El “choto” chat
No quiero dejar de mencionar el “chat”, esa posibilidad que llegó primero en forma de ICQ, después de chat comunitario en el portal de turno, en Messenger, en chat de Facebook y finalmente en chat de Blackberry y luego en formato de Whatsapp, y que hoy es una de las principales fuentes de cortejo elegidas por el hombre.
Con el chat terminamos por corromper la pureza del lenguaje y todo lo romántico alrededor del arte de la conquista. ¿Se te ocurre hoy año 2015 un chico llamándote para invitarte a salir? Olvidate, todo se resuelve en el chat:
-Q haces hoy?
- Nada
-¿Salimos?
-Ok. Hora?
- 23 hs.
-Ok
Y en esto se resume lo que a doncellas y caballeros les llevaba meses en idear, meses en conseguir el permiso y otros meses más coordinar el encuentro, al que los protagonistas llegaban desfallecidos de ansiedad luego de tanta espera.


Quien no tiene celular hoy en día, esta exento de dispositivo de contacto más inmediato y de mayor posibilidad de lenguajes posible: por chat hoy mandás una foto, un video, un mensaje de voz, un texto… Sin embargo, en vez de usar estas herramientas a nuestro favor seguimos maltratando el lenguaje y sus posibilidades comunicativas. En Blackberry Messenger existía el “Ping”, una vibración que mandas a otro usuario para llamar su atención. ¿¡Qué es el “Ping”?! ¿Un empujón? ¿Una cachetada? ¿Una apoyada? Hay gente que me mandaba el “Ping” vacío y tenés que andarle preguntando que quiere. El ping termina de ejemplificar este camino en el que nos hemos olvidado del lenguaje, reduciéndolo a intercambios fríos y primitivos, perdiendo la riqueza y la belleza a la cual somos capaces de llegar gracias al lenguaje.

Más actual al chat de Whastapp están los ”emoticones”, un conjunto de signos/ dibujos incluidos en todo chat decente, que reemplazan (o intentan reemplazar) sentimientos, objetos o acciones y en cuyo poder comunicativo no creo. Así en vez de decirte, estoy enojado, te llega una carita amarilla con cara de constipación. En lugar de ponerte que no hay problema, que está todo bien, te envían un pulgar arriba que vos no sabes si se refiere a que están de acuerdo con lo que decís o si quieren que te metas el dedo en el orto. Por chat debe haber mínimo más de 500 emoticones, pero fijensé que la gente usa siempre los mismos.

Todo lo que pasa, pasa en Facebook

Otra aplicación que nos cambió la vida fue Facebook. Todo el mundo tiene más cuidadito el perfil de Facebook que la conciencia, no vaya a ser que alguien los visite y tengan alguna cuestión fuera de lugar. Soy una convencida que podés conocer a una persona según su foto de perfil: los gatos son gatos en todos lados, pero más aún en Facebook, y lo mismo pasa con los ñoños, los freakies y pervertidos. En Facebook, no podés esconder mucho lo que sos. Por eso, antes de salir con alguien, viene muy bien una visita a su perfil de Facebook, ver sus fotos, los mensajes dejados en su muro y sus propias intervenciones para tener una primera y muy certera aproximación del individuo en cuestión.

Como en cualquier tecnología, hay límites sociales en la frecuencia de uso. Que una mujer pase más de tres horas diarias en Facebook, no es algo tan preocupante, aunque con seguridad, estaríamos en presencia o de una chica sin muchos proyectos personales o de una verdadera chusma. Si el que pasa tres horas conectado a la red social es un hombre, eso es un tanto más grave, ya que el muchacho pasa a ser como mínimo un sospechoso de ser un chamuyero virtual empedernido que se esconde tímidamente detrás de la pantalla. El Facebook da lugar a estos obsesivos del levante, para que pongan “Me gusta” a cada movimiento virtual que haces en la red, mientras chatean con otra y le dejan mensajes en el muro a una tercera. Por suerte, es muy fácil descartarlos: sólo es necesario chequear su lista de amigos, y si entre los mil contactos, encontrás un hombre de vez en cuando y por casualidad, estás frente a uno de estos temidos ejemplares, que adulan en vano y al por mayor.


La obra en construcción como el templo del piropo

Pero que “no pande el cúnico”, como decía “El Chavo”, todavía existen oasis que preservan lo más honesto y original del lenguaje romántico frente a tanto dispositivo electrónico: las obras de construcción. Es verdad que allí no mandan los códigos y convenciones lingüisticas, ni las reglas sintácticas y ortográficas, lo que manda es el estímulo creado por la belleza a la que asiste el sujeto, belleza que le es inabarcable y que debe ponerla en palabras por tanto éxtasis.

La obra en construcción, gracias a la creatividad e ingenio de sus trabajadores, se han convertido en la reserva espiritual del arte del cortejo. Aunque a veces sus enunciados rocen lo pornográfico y la violencia de género, no hay mujer que no se regocija cuando los muchachos interrumpen la sagrada concentración de la hora del asado sin ningún esmero de disimulo pero con un respeto que es casi admiración para verla a una que pasa distraída por la calle. Y sin vergüenza, como machos, rematan con un “¡adiós mamita!”, con un “¡qué pan dulce Pamela” o con un “¡estás más rica que el dulce de leche!”. De vez en cuando, esta práctica excede las fronteras de la obra, y nos vemos sorprendida por hombres de otras profesiones que piropean con la misma experiencia y soltura, mientras les agradecemos a los albañiles la inspiración.

Somos las mujeres las principales destinatarias de los mismos. Desde épocas antiguas venimos escuchado piropos elegantes, bromistas, obscenos, tiernos y sinvergüenzas, que desde una cortesía y/o galantería informal recibimos felices, salvo por supuesto, cuando hasta el obrero nota tu gordura y te tira una como “que rica estás gordita, te acompaño al Shopping así revelamos todos tus rollos”. En ese caso, no nos daría nada de gracia, y si yo soy esa triste piropeada, no dudo en entrar a la obra a gritos con tal defenderme la dignidad. Pero hay que reconocer que esos casos son los menos, porque la mayoría de las veces los enunciados que se escuchan en la obra en construcción nos alegran el día, aunque el dueño del piropo se le vea la raya y le falten algunos dientes. Porque en el mundo de las obras de construcción hay piropos para todas, y nunca se acaban si los obreros tienen un buen acceso a la calle para seguir pispeando. Y lo mejor, es que el piropero no pide nada a cambio, ni atención, ni unas monedas, ni fidelidad, si no que reparte su arte como un acto de amor desinteresado que nos complace en lo más íntimo. Además, en Córdoba contamos con el plus de la astucia y creatividad, por lo que nuestros piropos no sólo nos hacen sentir complacidas, sino también nos hacen reír con un ¡Epa!… si esa es la cola…
como estará la película!. Muchas veces me pregunto porque las agencias de publicidad no van a buscar sus creativos allí.

Hipersensibilizados con todo el verdadero drama de la violencia de género en nuestro país, para los más radicales, los piropos fueron también a caer en la volteada de lo que significa violencia, acusándolos de que en su concepción, sólo perciben la mujer como un objeto sexual, a mi criterio, muy injustamente. Personalmente, defiendo convencida la pureza e inocencia de esta técnica que ha venido forjándose de generación y generación, que se mantiene intacta en las obras de construcción, y que de vez en cuando se escapa de su ámbito y nos sorprende cara a cara en un ascensor. ¡Qué lindo que alguien te mire y te pondere las nalgas que en el espejo ves pálidas y flácidas como una pasa de uva ! ¡Qué regocijante saber que tu cintura cada día más cuadrada es una “fiesta de curvas” para estos hombres que la admiran desde la lejanía! Y si, de vez en cuando es muy regocijante saber que hay hombres por ahí que te ven como un bombón, como muchas veces lo anuncian, aunque vos te veas con esos kilitos de más o cultivando el culo con metros de celulitis año a año. Sin desmerecer el saber de la psicología ni las maravillas que logra una buena peluquería, cuando andes con la autoestima baja, calzate un short y visita caminando una obra en construcción: sino recibís al menos un mimo al amor propio, seguro te robarán una sonrisa que te alegrará el día.


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