La
llegada del teléfono personal
Aunque recuerdo a mi padre con un
celular en mi infancia, la telefonía personal masiva llegó un tiempo después. La sensación por ese entonces es que habíamos llegado al futuro. Incrédulos y envidiosos estudiábamos de los felices portadores el “chiche del momento”. Hasta se supo de muchos casos de personas que salían a la calle con teléfonos de juguete, casi imitaciones perfectas de los celulares originales, haciéndose los que hablaban distraídos con tal de ser recordados como los primeros en la tendencia, hasta que en tristes circunstancias eran descubiertos en su inocente travesura.
En primer año de la facultad, todavía compartía celular con mi madre: ¡qué
feliz que era cada vez que me lo llevaba! Era un Motorola 8620 que pesaba más
que un ladrillo y no entraba en ninguna de las mini carteras que se usaban por
ese entonces, por lo que, por lo general, lo terminaba poniendo en el bolsillo
trasero del pantalón, haciendo todavía más prominente mi curvatura trasera y lo que impedía que pudiera sentarme en toda la noche.
Obviamente, nadie me llamaba ni tampoco yo llamaba a nadie (si eran pocos los
que usaban celular). Era para usar “por cualquier cosa”, lo que un llamado era casi
sinónimo de mala noticia, y por suerte, no tuve muchas ocasiones para usar
ese celular cuando salía.
Cuando corté con mi novio de entonces,
y fue reemplazado más rápido de lo conveniente por otro, el celular que tenía a
mano fue la salvación para saltearme el teléfono de la cocina, y así evitar la
escucha sospechosa de los otros habitantes de mi hogar. De repente, me encontré
hablando con él, que ya tenía celular propio, desde el shopping, desde la
facultad… ¡era una locura!. El problema vino después, cuando se me acabó el
ensueño de creerme la reencarnación en las calles de Córdoba de Carrie Bradshaw de “Sex and the city”, cuando llegó la cuenta de “Movicom”, tal el
nombre de la empresa proveedora de los servicios telefónicos de entonces, y me negaron el
préstamo por uso y abuso de los minutos disponibles en la línea. Tuve que
contentarme con el fijo de casa desde donde llamaba a mi chico al celular,
hasta que por uso y abuso también, bloquearon las llamadas a teléfonos
celulares. Eso, más la creciente demanda de bienes que sufre una mujer cuando
cumple 18 años, me hicieron ponerme a trabajar, primero para alcanzar la
independencia telefónica, y luego para financiar parte de la dura tarea de ser
mujer hoy.
Cuando tuve mi primer celular, terminé
de sentirme adulta. El aparatito hacía tanto por mi vida social y sentimental
que hasta me vi obligada a ponerle un nombre: “Fructuoso”, como para darle la
entidad que merecía. Y así, por muchos años, Fructuoso me acompañó en mil
aventuras.
Un
nuevo personaje: los mensajes de textos
Con mi celular inauguré también el
envío de mensajes de textos o SMS (Short Text Message), una nueva manera de
comunicar pequeños mensajes por escrito que eran leídos en la pantalla del
receptor, con los cuales se perfeccionó esta obsesión por lo corto y lo
concreto. 160 caracteres era el límite usual en un mensaje de texto. Y así nacieron esas respuestas anoréxicas a las que ya estamos acostumbrados: "Ok”, “buenísimo”,“Si”, "No", "Yendo", etc.
Había todo una teoría alrededor de ellos: como generalmente se los
cobraba aparte, esto despertó una corriente de personas que jamás contestaban
un mensaje de texto, no sé si por principios, por ratas o por si se les había
acabado el crédito, pero vos en versión de generosa donabas tu crédito para el bien común y escribías en un asado en el medio del páramo a una
de las chicas que vendrían: “Compra el fernet” y la persona en vez de
contestarte que “no los iba a comprar porque no tenía plata porque no había
cobrado”, que era lo que te contaba en persona cuando llegaba a la reunión, llegaba
con las manos vacías dos horas después del mensaje, transcurso en el cual, si
te hubiera contestado y a tiempo, podrías haberle pedido lo mismo a los 28 que
llegaron en ese tiempo. Y obvio, quedaban los treinta pico que son tomando coca
light con cara de embole toda la noche hasta que algún alma generosa se
solidarizaba con todos y salía a buscar lo que faltaba.
El mensaje de texto terminó de desbancar
lo romántico del lenguaje. Para que todo lo que necesita decirse entre en esos
160 caracteres, las palabras se abreviaron creando engendros lingüísticos
como: “salu2”(saludos), “a1q” (aunque) y “xq” (porque). Además, tienden a
sintetizar conceptos al máximo, poniendo los sentimientos mas nobles a un nivel
donde de tan simple, todo se vuelve primitivo y escatológico , lo que no veo
como positivo en absoluto para el lenguaje del amor. Que diferencia que en un
bar te entreguen una servilleta arrugada de la mano y que en una letra solemne
leas “Te amo desde lo profundo de mis virtudes y a pesar de mis defectos, para
siempre”, a que recibas un SMS que diga: “Te k-go amando”. Sin embargo, a eso y
menos nos hemos acostumbrado, perdiendo en el camino la poesía inconciente que
brota de las plumas de las almas enamoradas.
“Tienes
un e-mail”
Contemporáneo al celular, llegó la
casilla de correo electrónico gratuita, y el texto volvió a reclamar su trono. ¿Recuerdan
la película de Meg Ryan y Tom Hanks “You´ve got an email”? Corría el año 1998,
y en Argentina, esta tecnología que mirábamos en el film nos parecía lejana e
inalcanzable. Pero a pesar de los pronósticos, con más rapidez que una plaga,
de un año a otro, los argentinos adquirimos un casilla de correo virtual (no sé
porque razón casi todos en Hotmail), que nos solucionó la vida: no más pagos de
estampillas al correo, no más esperas, sólo vos administrabas tus envíos y
recibidos. Así, chicos y grandes pudieron crear su casilla de manera casi
instantánea, aunque en un principio no recibieras mensajes por meses, o
solamente correo basura, término nuevo que aprendimos después. Todavia tengo
amigas que mantienen aún las casillas que creamos antoño, y algunas
inconcientes siguen enviando sus CV desde esas direcciones electrónicas infantiles como pitucucharita@... o
“enanasaynomore@...”.
El mail puede ser un buen aliado en
nuestras historias de amor y relaciones humanas, porque no tiene costo, no
tiene límites de extensión y siempre es posible releer todo antes de enviar. Sí
hay que tener más cuidado sobre todo en la función “copiar – pegar”, para
evitar que sucedas trastornos de la identidad del receptor, como cuando le
enviábamos a nuestra tía el mismo mensaje “personalizado” que a tu suegra, sólo
que olvidábamos de corregir los nombres. Ni que decir si teníamos dos o más
personas a la pesca: imprescindible el chequeo de cada vez que mencionemos su nombre, no vaya a ser enviemos correos con nombres cruzados.

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