lunes, 15 de junio de 2015

Comunicados… o el antiguo arte de expresarnos (Entrega II de III)

La llegada del teléfono personal
Aunque recuerdo a mi padre con un celular en mi infancia, la telefonía personal masiva llegó un tiempo después. La sensación por ese entonces es que habíamos llegado al futuro. Incrédulos y envidiosos estudiábamos de los felices portadores el “chiche del momento”. Hasta se supo de muchos casos de personas que salían a la calle con teléfonos de juguete, casi imitaciones perfectas de los celulares originales, haciéndose los que hablaban distraídos  con tal de ser recordados como los primeros en la tendencia, hasta que en tristes circunstancias eran descubiertos en su inocente travesura.

En primer año de la facultad, todavía compartía celular con mi madre: ¡qué feliz que era cada vez que me lo llevaba! Era un Motorola 8620 que pesaba más que un ladrillo y no entraba en ninguna de las mini carteras que se usaban por ese entonces, por lo que, por lo general, lo terminaba poniendo en el bolsillo trasero del pantalón, haciendo todavía más prominente mi curvatura trasera y lo que impedía que pudiera sentarme en toda la noche. Obviamente, nadie me llamaba ni tampoco yo llamaba a nadie (si eran pocos los que usaban celular). Era para usar “por cualquier cosa”, lo que un llamado era casi sinónimo de mala noticia, y por suerte, no tuve muchas ocasiones para usar ese celular cuando salía.

Cuando corté con mi novio de entonces, y fue reemplazado más rápido de lo conveniente por otro, el celular que tenía a mano fue la salvación para saltearme el teléfono de la cocina, y así evitar la escucha sospechosa de los otros habitantes de mi hogar. De repente, me encontré hablando con él, que ya tenía celular propio, desde el shopping, desde la facultad… ¡era una locura!. El problema vino después, cuando se me acabó el ensueño de creerme la reencarnación en las calles de Córdoba de Carrie Bradshaw de “Sex and the city”, cuando llegó la cuenta de “Movicom”, tal el nombre de la empresa proveedora de los servicios telefónicos de entonces, y me negaron el préstamo por uso y abuso de los minutos disponibles en la línea. Tuve que contentarme con el fijo de casa desde donde llamaba a mi chico al celular, hasta que por uso y abuso también, bloquearon las llamadas a teléfonos celulares. Eso, más la creciente demanda de bienes que sufre una mujer cuando cumple 18 años, me hicieron ponerme a trabajar, primero para alcanzar la independencia telefónica, y luego para financiar parte de la dura tarea de ser mujer hoy.

Cuando tuve mi primer celular, terminé de sentirme adulta. El aparatito hacía tanto por mi vida social y sentimental que hasta me vi obligada a ponerle un nombre: “Fructuoso”, como para darle la entidad que merecía. Y así, por muchos años, Fructuoso me acompañó en mil aventuras.

Un nuevo personaje: los mensajes de textos

Con mi celular inauguré también el envío de mensajes de textos o SMS (Short Text Message), una nueva manera de comunicar pequeños mensajes por escrito que eran leídos en la pantalla del receptor, con los cuales se perfeccionó esta obsesión por lo corto y lo concreto. 160 caracteres era el límite usual en un mensaje de texto. Y así nacieron esas respuestas anoréxicas a las que ya estamos acostumbrados: "Ok”, “buenísimo”,“Si”, "No", "Yendo", etc.

Había todo una teoría alrededor de ellos: como generalmente se los cobraba aparte, esto despertó una corriente de personas que jamás contestaban un mensaje de texto, no sé si por principios, por ratas o por si se les había acabado el crédito, pero vos en versión de generosa donabas tu crédito para el bien común y escribías en un asado en el medio del páramo a una de las chicas que vendrían: “Compra el fernet” y la persona en vez de contestarte que “no los iba a comprar porque no tenía plata porque no había cobrado”, que era lo que te contaba en persona cuando llegaba a la reunión, llegaba con las manos vacías dos horas después del mensaje, transcurso en el cual, si te hubiera contestado y a tiempo, podrías haberle pedido lo mismo a los 28 que llegaron en ese tiempo. Y obvio, quedaban los treinta pico que son tomando coca light con cara de embole toda la noche hasta que algún alma generosa se solidarizaba con todos y salía a buscar lo que faltaba.

El mensaje de texto terminó de desbancar lo romántico del lenguaje. Para que todo lo que necesita decirse entre en esos 160 caracteres, las palabras se abreviaron creando engendros lingüísticos como: “salu2”(saludos), “a1q” (aunque) y “xq” (porque). Además, tienden a sintetizar conceptos al máximo, poniendo los sentimientos mas nobles a un nivel donde de tan simple, todo se vuelve primitivo y escatológico , lo que no veo como positivo en absoluto para el lenguaje del amor. Que diferencia que en un bar te entreguen una servilleta arrugada de la mano y que en una letra solemne leas “Te amo desde lo profundo de mis virtudes y a pesar de mis defectos, para siempre”, a que recibas un SMS que diga: “Te k-go amando”. Sin embargo, a eso y menos nos hemos acostumbrado, perdiendo en el camino la poesía inconciente que brota de las plumas de las almas enamoradas.

“Tienes un e-mail”

Contemporáneo al celular, llegó la casilla de correo electrónico gratuita, y el texto volvió a reclamar su trono. ¿Recuerdan la película de Meg Ryan y Tom Hanks “You´ve got an email”? Corría el año 1998, y en Argentina, esta tecnología que mirábamos en el film nos parecía lejana e inalcanzable. Pero a pesar de los pronósticos, con más rapidez que una plaga, de un año a otro, los argentinos adquirimos un casilla de correo virtual (no sé porque razón casi todos en Hotmail), que nos solucionó la vida: no más pagos de estampillas al correo, no más esperas, sólo vos administrabas tus envíos y recibidos. Así, chicos y grandes pudieron crear su casilla de manera casi instantánea, aunque en un principio no recibieras mensajes por meses, o solamente correo basura, término nuevo que aprendimos después. Todavia tengo amigas que mantienen aún las casillas que creamos antoño, y algunas inconcientes siguen enviando sus CV desde esas direcciones electrónicas infantiles como pitucucharita@... o “enanasaynomore@...”.


El mail puede ser un buen aliado en nuestras historias de amor y relaciones humanas, porque no tiene costo, no tiene límites de extensión y siempre es posible releer todo antes de enviar. Sí hay que tener más cuidado sobre todo en la función “copiar – pegar”, para evitar que sucedas trastornos de la identidad del receptor, como cuando le enviábamos a nuestra tía el mismo mensaje “personalizado” que a tu suegra, sólo que olvidábamos de corregir los nombres. Ni que decir si teníamos dos o más personas a la pesca: imprescindible el chequeo de cada vez que mencionemos su nombre, no vaya a ser enviemos correos con nombres cruzados.

Continúa..... "El choto chat y "La obra en construcción como el templo del piropo"

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