Aquí comparto una
caprichosa cronología de los comienzos de la comunicación romántica hasta la
desfachatez del chamuyo actual.
El erotismo de una carta
Más que la comunicación
oral o gestual, la comunicación escrita es la que relacionamos directamente con
el amor y el arte del cortejo. En el pasado las urgencias del corazón se hacían
llegar a través de generosas y asiduas cartas que hacían suspirar aún a las
doncellas más inquebrantables. Cada misiva requería de una gran dosis de
ingenio, creatividad y paciencia por parte del amante emisor. Las distancias
eran literalmente más distantes que hoy, ya que gracias a los avances en el
transporte y los medios de comunicación, la distancia es un concepto más
abstracto y relativo. La palabra escrita permitía transmitir lo que la lejanía,
la falta de oportunidad o la pura timidez impedía. A través de ella uno tejía
sus relaciones a distancia, aún cuando la sola “distancia” era tener otro sexo,
con su carga significativa y lingüística propia, que se enebraba con la otra
identidad a partir de las palabras que unían esas diferencias que parecían
insondables.
Con los primeros imperios y estados, la palabra escrita pasó a ser la
herramienta clave para lograr y mantener la unidad territorial y política como
para permitir el desarrollo y expansión del comercio. El sistema de correos y
sus redes correos eran el eje por el cual el centro politico se comunicaba y
controlaba a todos los rincones gobernados y extramuros.
La civilización evolucionó y cada vez fueron
más los afortunados conocedores en el arte de la lecto escritura. Antes del siglo XIV,
en el Viejo Mundo, ante la necesidad, algunas personas ya podían recurrir al
correo pero a un altísimo costo. Y allí de nuevo, en las
distancias creadas por la guerra, la conquista, las invasiones, un soldado
pagaba la redacción de una carta para su amada, cuya lectura la doncella pagaba
en algún lugar remoto. En 1315, cuando ya muchos podían escribir sus
propios textos, Felipe el Hermoso otorga un permiso a los estudiantes
universitarios para mantener un servicio de correo con sus familiares situados
en otras provincias. Imaginensé la alegría de aquellas novias y
prometidos al llegar el mensajero con novedades del novio estudioso al hogar. Y
pensar no sólo en las cartas que llegaron, sino también, y sobre todo, en ¡las
cartas jamás habrán llegado a destino o las que lo hicieron pero fatalmente
tarde!
Hasta casi medio siglo
atrás, el cartero seguían siendo una de las personas más solicitadas del
barrio: la canción “Mr Postman” de The Marvelettes, en la que unas jovencitas
paran todos los días al cartero para ver si tienen novedades de su amor, llegó al puesto número 1 de todos los
ranking en 1961.
Aunque hoy es una opción
poco popular, la carta era el canal por excelencia por el cual se comunicaban
los amados. Tantas historias de amor jamás habrían progresado sin su
colaboración, y hasta podemos mencionar historias, como la de Abelardo y Eloísa,
en que fueron más las hojas escritas que los días compartidos cara a cara. La
carta de amor era la corporeidad del amor hecha texto, y lo más interesante,
era portadora de un cúmulo de significaciones extra textuales que se desprendía
de cada detalle de la misma: piensen en el poder comunicativo y conmocionante
de la carta amante suicida manchada en sangre, las lágrimas en el papel del
hombre arrepentido, los aromas frutales con que las jóvenes rociaban el papel
para excitar el olfato del novio, el escribir atolondrado de quien debe partir
con urgencia, entre otros. Una caligrafía improlija traducía una mente
perturbada, la virgenes escribían con una pulcritud sacramental y los
intelectuales con detallistas y atléticos jeroglíficos dignos de su alta y compleja
intelectualidad. Ni que decir de la fuerza expresiva de la mayúscula, de los
tres puntos suspensivos, los signos de puntuación y exclamación que le daban el
ritmo al galope del corazón. La caligrafía y la ortografía pasaron a ser
habilidades tan necesarias como la de manejar los códigos del baile o las
reglas de etiqueta, y muchos “buenos partidos” fueron rechazados por honorables
doncellas o porque recibieron mensajes initencionadamente hoscos y mundanos por
el pobre manejo de las herramientas lingüísticas por parte del muchacho o
porque no deseaban pasar el resto de la vida con hombres cortos de formación,
que no reconocían las para ellas apasionantes reglas sintácticas u
ortográficas.
Dejemos bien en claro la
importancia que cobraba el saber enfrentar un papel en blanco con altura y
distinción: para ser un digno caballero, no bastaba sólo tener rectas
intenciones, ser hombre de una sola palabra y tener el andar seguro de quien ya
se ha hecho hombre por la fuerza y la intención, sino también tener un fluído
manejo de las variedades del lenguaje escrito y oral que ofrecía el diccionario
local para describir precisa y profundamente las bondades y/o sentimientos
varios que despertaba la mujer amada, sin mencionar la habilidad básica de
saber callar lo que por timing o
ubicación era mejor omitir. Que la honestidad brutal es honestidad fatal, era
una de las primeras claves que debía aprender un caballero.
Con el tiempo, comenzando
este camino de sintetizarlo todo, las cartas se hicieron más pequeñas, y
tomaron la dinámica de las postales (una fotografía impresa sobre un cartón,
alusiva al lugar del mundo donde se habitaba, que en su reverso se escribía en
diez líneas lo que se quería comunicar) o de los telegramas, donde en un puñado
de caracteres te hacían llegar sin anestesia mensajes urgente, sobre todo
negativos, como la muerte de un
familiar lejano, la citación a un juicio o un despido.
Tututu… El
teléfono
Cuentan generaciones
anteriores que cuando pudieron instalar en su casa un teléfono, por primera vez
se sintieron cerca de la era de la serie animada Los Supersónicos. Con su
llegada, llegó la inmediatez en la comunicación a pesar de la distancia, la
simultaneidad de la emisión y recepción del mensaje, a la vez que se ganó en otros
matices dentro del mensaje que comunicaban micro mensajes por sí mismos: la
voz, su timbre, el volumen, la agitación o tranquilidad con que eran dichas las
palabras, dotaban al emisor de nuevas herramientas con que construir y dar significado al mensaje, y el
receptor tenía muchos más elementos con que decodificarlo, y que de una manera
instantánea era percibido en la voz del receptor que se hacía emisor, y viceversa.
Cuando el teléfono era
familiar, tenerlo en casa era una bendición la mayoría de las veces, aunque no
era difícil encontrar sus defectos. Por lo general, el teléfono de la casa
estaba ubicado en algún central del hogar, como el living o la cocina, y
siempre que llamaban había que atender frente al público presente, que nunca
era magro justo cuando recibías un llamado que no querías que escuche la
chusma, por lo que atendías, y decías hola, repetías indiferentes “si” y “no” de
acuerdo a las preguntas que te hacían, mientras mirabas a todos con cara de
“dejenme sola para hablar”, pero nadie se daba por enterado porque estaban muy
metidos en sus cosas o muy entretenidos con tu conversación, así que seguías
firme en tu auto censura, te despedías de quien hablaba con un “chau” y volvías
a tu cuarto siempre siguiendo atenta a si volvía el teléfono a sonar, cosa de
salir corriendo y ser la que lo atienda primero nuevamente.
Algunos de estos problemas
fueron amenizandose en quienes podían acceder a un inalábrico: ¡que bien que hizo
a la libertad de la juventud el poder irnos a hablar a nuestra habitación o
llevarse el teléfono al baño! El teléfono inalámbrico nos regaló la posibilidad
de estar hablando y haciendo otra cosa al mismo momento, por ejemplo tomar sol,
nos devolvió algo de la privacidad birlada, pero también trajo aparejados otros
inconvenientes: como por ejemplo, cuando levantabas el tubo para cerciorarte de
que no estaba descolgado porque estabas esperando el llamado de tu vida y
escuchabas a tu hermana más chica que estaba prendida al teléfono escondida en
un placard contándole la novela a la amiga y vos esperando que ese flaco vuelva
llamarte, aunque había quedado en hacerlo dos horas antes, justo cuando tu
hermana había empezado a hablar.
Algunas de las habilidades
que desarrollamos en la adolescencia los que fuimos contemporáneos al telefóno
familiar (y hablo como si fuera ya un elemento en extinción porque sé de muchos
hogares que ya no cuenten con uno, como el mío) era la de mantener un diálogo
con el padre/madre/o de amiga/o durante al menos dos minutos. Aunque no era lo
ideal que te atendiera otra persona que la que llamábamos, si atendía su padre
o madre, innatamente nos salía un educado saludo, retomábamos la charla que habíamos
comenzado 4 o 5 llamadas atrás sobre lo raro que estaba el clima o el calor o
frío que hace, preguntábamos sobre las vacaciones, les ponderábamos lo lindo
que tenían el jardín… Con los hermanos era más fácil aún: los temas de diálogo
eran los estudios, el deporte si eran hombres y los chicos o la novela si eran
mujeres. Ni que decir si el que te gustaba era el hermano/a de tu amigo/a:
llamabas 40 veces al día con tal de que atendiera. Hay que admitir que llamar a algunas casas no era tan fácil.
Había madres de amigas/os cuya voz al otro lado del tubo generaba tal pánico
escénico, que la única reacción posible era cortar el teléfono y volver a
llamar un par de horas después, rogando que no vuelva a atender la misma
persona. Por lo general, eran estas las madres en cuyos hogares estaba
prohibido llamar a la siesta o después de las 21 hs (los perjudicados,
obviamente, eran sus hijos, que quedaban deshechados de cualquier programa
imprevisto que pudiera armarse a esas horas). Con los padres, por lo general,
nunca había problema: casi nunca estaban en casa, y cuando lo hacían lo que
menos querían era atender el teléfono. De vez en cuando, cuando levantaban una
llamada, eran cordiales, hablaban poco y siempre te pasaban el mensaje si no estabas.


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